Capítulo 528
Aquel tipo de personas, las que carecían de luces, siempre inquietaban cuando se exaltaban, porque su imprevisibilidad era un peligro latente, un torbellino imposible de anticipar.
-¿Hay más gente allá arriba?
-Sí, alguien acaba de subir hace un rato, ¿no lo notaste?
Paulina apenas había alzado la vista un instante antes de apartarla, pero ahora un leve estremecimiento la recorría al pensar en los hombres que rondaban a Carlos. Isabel, al saber que la habitación estaba concurrida, desistió de insistir en que su amiga la acompañara. Con un gesto suave de la cabeza, asintió.
-Está bien, voy a darle un saludo a Carlos: Tú prepárate; cuando baje, nos largamos de aquí.
-No tengo nada que alistar.
Roberto la había arrancado de aquel lugar sin previo aviso, sin darle siquiera un respiro para recoger sus pertenencias. Mientras más reflexionaba sobre su situación, más se encendía la frustración en el pecho de Paulina. Su madre seguía perdida en algún rincón del mundo, y enviarla a París había sido el intento desesperado de mantenerla a salvo. Pero al llegar, se topó con la cruda verdad: también aquí la esperaban, acechándola. Y, como si no bastara, Roberto se había esfumado sin dejar rastro.
-Entonces espérame aquí -dijo Isabel, con una calma que intentaba apaciguar el torbellino de
su amiga.
-Ajá.
Paulina asintió, y en su rostro se dibujó una dulzura casi infantil, una chispa de esperanza. Ahora solo le quedaba Isabel, su ancla en medio del caos.
Arriba, Carlos permanecía inmóvil, con los ojos clavados en la pantalla de su celular mientras Eric desgranaba su informe con una verborrea incansable. Hablaba y hablaba, hasta que la garganta se le secó, pero no recibía ni un murmullo como respuesta. Tosió un par de veces, rascándose la voz, y lo llamó:
-Carlos.
Silencio. Nada. Eric frunció el ceño, intrigado. ¿Qué podía tener Carlos en ese maldito aparato que lo absorbía tanto? Movido por la curiosidad, se alzó sobre las puntas de los pies y espió por encima del hombro. Parecía una transmisión en vivo, ¿cámaras de seguridad, tal vez? ¿Qué había de fascinante en eso? Antes de que pudiera seguir elucubrando, un golpe suave resonó en la puerta, seguido de una voz melosa que se coló como una caricia:
-Carlos, ¿puedo pasar?
Esa cadencia dulce, casi susurrante, era inconfundible. No era ningún misterio por qué Esteban
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Capitulo 528
la resguardaba como si fuera una joya frágil. Tan delicada, tan etérea… Bastaba con oírla para imaginarla vulnerable ante un mundo dispuesto a devorarla. Eric, viendo que Carlos seguía perdido en su pantalla, insistió:
-Carlos… ¿Carlos?
Tuvo que llamarlo dos veces, con un tono más firme, hasta que Carlos alzó por fin la mirada, lanzándole una chispa de fastidio que hizo a Eric retroceder un paso.
-Es… es la princesa -balbuceó, casi excusándose.
En todo París, Isabel era la “princesa Isabel“, un título que compartía con Vanesa, la “princesa Vanesa“. Aunque era la menor de las hijas de los Allende, la familia solo tenía dos, y ambas cargaban esa distinción: la mayor y la menor. Carlos giró la cabeza hacia la puerta, aún con el
ceño fruncido.
-Déjala entrar.
Mientras hablaba, sus manos ajustaron con rapidez la bata de dormir que lo cubría. Era una regla no escrita entre los hombres de Esteban: ante Isabel, había que presentarse impecable. Apenas terminó de alisarse la ropa, Eric ya había abierto la puerta con un movimiento raudo. Antes, la había visto charlando con Paulina y no se había atrevido a interrumpir. Ahora, inclinó
la cabeza en un saludo reverente:
-Princesa.
Isabel parpadeó, sorprendida por el título. Desde que llegó a Puerto San Rafael, nadie la había llamado así. Escuchar a Eric pronunciarlo le trajo un eco de París, un recordatorio de quién era en ese mundo. Con un leve asentimiento, posó los ojos en Carlos, recostado en la cama. Su rostro estaba pálido, con un matiz casi cenizo. Era evidente que el error de Paulina con la medicina la noche anterior había dejado huellas en su cuerpo. Con una cortesía serena, lo saludó:
-Carlos.
Él respondió con un “ajá” seco, casi automático, y de inmediato preguntó:
-¿El señor no vino contigo?
-Está ocupado. Vine a llevarme a Pauli.
Isabel mantenía un tono respetuoso, consciente de la jerarquía invisible que regía las relaciones cercanas a Esteban. Sabía bien quiénes pesaban en su vida, y Paulina, atrapada en el territorio de Carlos, no podía irse sin un aviso previo. Apenas terminó de hablar, un soplo de tensión cruzó la habitación, sutil pero innegable. Isabel, casi por reflejo, buscó los ojos de Carlos.
“¿Entonces… me la llevo?” pensó, dejando la pregunta suspendida en su mirada.
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