Capítulo 53
El ambiente en el estudio estaba cargado de una tensión silenciosa. Lorenzo encontró a Esteban de pie junto al ventanal, envuelto en una bata negra que acentuaba su aire enigmático. El humo de su cigarrillo se elevaba en espirales perezosas, difuminándose en la penumbra.
-Señor, el señor Bernard solicita verlo.
Esteban frunció el ceño imperceptiblemente, sus ojos entrecerrados fijos en algún punto
distante.
-¿Sebastián?
Lorenzo asintió, estudiando cuidadosamente la reacción de su jefe.
-Debe ser por nuestra mina. La familia Bernard se volvió muy exigente con sus hijas hace dos años, justo cuando la mina de los Galindo empezó a agotarse.
Esteban dio otra calada a su cigarrillo, una sonrisa sarcástica curvando sus labios.
-¿Exigente?
Lorenzo se tensó, percibiendo el filo en esa simple palabra.
-Sí, señor.
-¿Y desde cuándo tienen ellos el privilegio de elegir?
Lorenzo contuvo el aliento. “Maldición“, pensó, “toqué un punto sensible“. Era evidente que las posibilidades de Sebastián de conseguir una cooperación con Esteban eran prácticamente nulas.
Un destello cruzó la mirada de Esteban.
-Aunque… la señorita no sabía nada. Parece que el matrimonio fue un acuerdo privado entre los Galindo y los Bernard hace dos años.
El aire en el estudio pareció congelarse. Lorenzo, intentando aligerar la tensión, añadió:
-Ah, y el asistente del señor Bernard ha estado insistiendo con seguridad. Quiere verlo para comprar el Chalet Eco del Bosque.
La mandíbula de Esteban se tensó visiblemente.
-¿Comprar este lugar?
-Sí, dicen que es para la recuperación de la hija adoptiva de los Galindo. Hasta mencionaron la posibilidad de rentarlo o pedirlo prestado. Se les nota la desesperación.
Una risa escapó de los labios de Esteban.
-¿Acaban de romper el compromiso con Isa y ahora están dispuestos a gastar una fortuna
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para comprar este lugar para su hija adoptiva?
Lorenzo se rascó la cabeza, incómodo. “Vaya, Sebastián“, pensó, “cada paso tuyo es como bailar sobre un campo minado“.
-Si esa mina se agota, les pegaría duro. No estarían buscando un sustituto con tanta urgencia si no fuera así.
Esteban sacudió las cenizas de su cigarrillo con un gesto estudiadamente lento.
-¿Lo verá, señor?
-Dile que he estado algo ocupado últimamente. Que espere.
Lorenzo lo miró perplejo. Conocía bien a Esteban; detestaba las respuestas ambiguas, y cualquiera que se atreviera a darle una solía enfrentar consecuencias desagradables. ¿Estaba jugando deliberadamente con Sebastián?
-¿Qué? -la voz cortante de Esteban lo sacó de sus pensamientos.
-Voy a decírselo de inmediato.
“Que juegue“, pensó Lorenzo mientras se retiraba. Los Galindo no habían cuidado bien de la señorita en estos dos años, y Sebastián la había humillado constantemente. Un poco de su propia medicina era lo mínimo que merecían.
La mañana siguiente, Isabel recibió una llamada inesperada de Marina, recordándole la reunión en la oficina. Al ver el reloj, maldijo en silencio: ¡casi las nueve!
Apenas colgó, su teléfono volvió a sonar.
-¿Bueno?
-Tu renta vence hoy, ¿no es así? -la voz melosa de Carmen rezumaba falsa preocupación.
Isabel apretó el teléfono. “¿Quién les dijo que el apartamento en Petit era rentado?”
-¿Y eso qué?
La intención detrás de esa llamada era tan transparente como un cristal.
-¿No quieres que te abramos una cuenta?
-¿Y si quiero qué? ¿Y si no quiero qué?
Una simple pregunta sobre una cuenta bancaria había revelado el verdadero propósito de esta llamada.
-¿Entonces no quieres?
Los nudillos de Isabel se blanquearon alrededor del teléfono.
-Ve al grano. Si estás llamando por lo de Andrea, mejor ni lo intentes.