Capítulo 530
En ese preciso instante, los ojos de Carlos se clavaron en ella con una intensidad cortante. Con una voz firme, cargada de una autoridad que no admitía réplicas, sentenció:
-No te la puedes llevar.
Cada palabra resonó en el aire como el golpe seco de un martillo sobre piedra. Isabel sintió un leve estremecimiento recorrerle la espalda, y un tic nervioso le tironeó la comisura de los
labios.
-Carlos, esto… -comenzó, titubeante.
-Podría estar relacionada con Lago Negro la interrumpió él, sin rodeos.
Isabel se quedó helada, sus ojos abriéndose de par en par mientras un grito ahogado escapaba
de su garganta.
-i¿Qué?!
Lago Negro. Ese nombre se le hundió en el pecho como una piedra arrojada a aguas quietas, despertando ecos de temor que creía olvidados. Dos años atrás, Yeray había rozado los bordes oscuros de esa organización, y el solo recuerdo de aquellos días le revolvía el alma. Había temido entonces que Esteban terminara atrapado en una red imposible de desatar, y por eso había cedido a las demandas de Yeray, por eso había guardado silencio. Ahora, escuchar ese nombre de nuevo en labios de Carlos le robó el color del rostro.
Pero Paulina… Negó con la cabeza, decidida, aferrándose a su certeza.
-No. Ella no tiene nada que ver con Lago Negro.
Carlos alzó la mirada, sus ojos brillando con la frialdad de una hoja recién afilada.
-Eso lo sabremos cuando terminemos de investigar.
Un nudo se apretó en el estómago de Isabel. Carlos tomó el vaso de agua que reposaba sobre la mesita junto a la cama y dio un sorbo con calma deliberada. Sentado allí, con la espalda recta y los movimientos precisos, exudaba una autoridad implacable, un aura de peligro contenido que llenaba la habitación como una corriente subterránea.
Isabel entreabrió los labios, buscando palabras para rebatir, pero antes de que pudiera articularlas, Eric, siempre atento, se adelantó con pasos rápidos. Se acercó a ella y, con un tono suave pero firme, intentó apaciguar la tormenta que se avecinaba.
-Princesa, ven, hablemos con calma. Carlos está agotado y necesita descansar.
-Paulina no tiene nada que ver con Lago Negro -insistió Isabel, su voz temblando de convicción.
-Sí, sí, sé que confías en ella -respondió Eric, conciliador-. Pero una cosa es lo que tú creas y otra muy distinta lo que realmente sea.
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Mientras hablaba, la fue guiando con suavidad hacia la escalera, alejándola del cuarto con la destreza de quien sabe manejar una situación al borde del caos. Pero Isabel no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
-Me la voy a llevar -declaró, plantando los pies con firmeza.
Desde Puerto San Rafael, Paulina la había llamado tres veces al día, su voz rota por el llanto, su miedo palpable incluso a través del teléfono. Si la dejaba ahí, atrapada en ese lugar donde el aire mismo parecía rechazarla, ¿qué podría pasarle? Para Isabel, estaba claro como el día: Paulina estaba perdida, desorientada, al borde de un precipicio emocional. Y en ese estado, un solo paso en falso podía llevarla a un error irreparable.
Sin embargo, su determinación chocaba de frente con la voluntad inamovible del grupo de Carlos. Eric, con un tono tajante, cerró toda posibilidad.
-No te la puedes llevar.
Isabel frunció el ceño, su paciencia agotándose. Se liberó del agarre de Eric con un movimiento brusco y giró sobre sus talones, dispuesta a subir las escaleras de nuevo.
-No voy a discutir contigo. Hablaré con Carlos.
No tenía sentido perder más tiempo con Eric. Solo Carlos tenía la última palabra. Pero apenas dio un paso, Eric la sujetó otra vez por el brazo, su voz cargada de una certeza exasperante.
-No tiene caso que hables con él. Esta es su decisión. Cuando todo se aclare, entonces veremos si puede irse, ¿de acuerdo?
La resolución de Carlos era un muro imposible de escalar. Isabel entendió, con una mezcla de furia y resignación, que hoy no lograría sacar a Paulina de ahí, por más que lo intentara. La desesperación le arañó el pecho.
-¿Y hasta cuándo piensan investigar? -preguntó, su voz afilada por la frustración.
-Eso no se puede saber -respondió Eric, encogiéndose de hombros.
Isabel apretó los dientes. “Eso no se puede saber“. Claro, y mientras tanto, ¿qué? ¿Esperaban que Paulina se consumiera de terror bajo su custodia? ¡Así sí que resolvían todo rápido! Respiró hondo, dejando que el aire llenara sus pulmones, y con una determinación que brotaba de lo más hondo, sentenció:
-Pues déjame dejarlo claro: hoy me la llevo.
Eric ni siquiera parpadeó.
-No, no lo harás.
El enfrentamiento fue instantáneo, dos voluntades chocando como rocas en un río
embravecido.
En la sala, Paulina observaba todo desde un rincón, sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas. Su nariz se arrugó y, al fin, el dique se rompió: las lágrimas rodaron por sus
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Capítulo 530
mejillas en silencio. Había estado segura de que, con Isabel ahí, todo se arreglaría. Pero ahora, ¿ni siquiera ella podía salvarla? La idea la hundió en un pozo de angustia, y un sollozo desgarrador escapó de su garganta.
-¡Waaah!
El sonido detuvo a Isabel y a Eric en seco. Ambos giraron al unísono y la vieron, con el rostro empapado y los hombros temblando. Isabel sintió una punzada en el corazón y, sin dudarlo, bajó las escaleras corriendo hacia ella.
-Pauli, tranquila le dijo, arrodillándose a su lado-. Te juro que hoy te saco de aquí.
Eric, firme como siempre, replicó de inmediato.
-No lo harás.
Pero Paulina apenas los oía. Sus sollozos crecieron, un lamento que parecía arrancarle el alma pedazo a pedazo.
-¡Waaah! ¡Aaaaah!
Isabel, con el rostro tenso por la impotencia, alzó la voz por encima del llanto.
-¡Cállate! -ordenó, aunque sus palabras iban más allá de Paulina, como un grito al destino mismo que la tenía atrapada.
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