Capítulo 531
El aire en la sala se espesaba con cada palabra que rebotaba entre las paredes, cargado de una intensidad que parecía envolverlo todo. Paulina e Isabel comprendían, con un nudo en el estómago, que sus esfuerzos chocaban contra un muro infranqueable. Carlos permanecía inamovible en su postura, y Eric, con su verbo implacable, avivaba las brasas de un conflicto que ya ardía sin control.
Isabel, con el rostro encendido por la impotencia, se dejó caer en el sofá, cruzando los brazos como si así pudiera contener la furia que le hervía en las venas. Paulina, aún temblorosa, se acurrucó a su lado, aferrándose a su brazo con dedos crispados, como quien se aferra a un salvavidas en medio de una tormenta. En ese instante, su mayor terror era que Isabel se desvaneciera de su lado, dejándola a merced de aquella pesadilla.
Eric, con los brazos cruzados y una severidad que cortaba como el filo de una hoja, sentenció:
-Señorita Torres, por más que se agarre a nuestra princesa, no va a cambiar nada. La investigación sigue su curso, le guste o no.
Los ojos de Isabel destellaron con una mezcla de rabia y resolución al ver el miedo que atenazaba a Paulina.
-Mathieu ya está en Horizonte de Arena Roja, ¿lo sabías? -disparó, su voz cargada de un desafío sereno.
Eric se quedó petrificado, como si una corriente helada lo hubiera atravesado.
-¿Y eso qué diablos significa? -replicó, aunque un leve temblor traicionó su fachada.
Isabel lo miró fijamente, imperturbable.
-Significa que, si sigues abriendo la boca, le digo a Carlos que te mande a hacer compañía
allá.
Eric tragó saliva, el rostro pálido. ¡Maldición! Ese lugar era un castigo peor que la muerte, y él lo sabía mejor que nadie.
Paulina, que hasta entonces había sido un ovillo de nervios, sintió un alivio repentino al presenciar cómo Isabel doblegaba a Eric con una sola frase. Incluso en París, su amiga imponía respeto. Sin embargo, el miedo seguía latiendo en su pecho, y sus manos apretaron aún más el brazo de Isabel.
-Isa, no puedes dejarme aquí -suplicó, la voz quebrada por la angustia.
Si Isabel se marchaba, Paulina estaba convencida de que no lo soportaría. Aquel lugar era un abismo del que no saldría viva. Una sola palabra había bastado para hundirla en un mar de culpa, y en ese terreno hostil, ni con mil argumentos podría limpiar su nombre.
Isabel asintió con una certeza que parecía tallada en piedra.
-No te preocupes, no pienso dejarte.
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Capitulo 531
Eric dejó escapar un suspiro cargado de frustración, rascándose la nuca.
-Pequeña princesa, Carlos me ordenó llevarla de vuelta. ¿Por qué no sube al auto de una vez?
-No me voy -respondió Isabel, tajante.
Eric chasqueó la lengua, exasperado.
-¿Y qué piensa hacer entonces? Por más que insista, no se llevará a la señorita Torres.
Paulina, al oír aquello, se aferró a Isabel con más fuerza, como si quisiera fundirse con ella. Si no podía escapar, al menos retendría a su única aliada.
Eric, al verla, perdió la paciencia.
-Señorita Torres, suéltela, por favor.
-No quiero -gimió Paulina-. Isa, no te vayas.
-Tranquila, no me voy -aseguró Isabel, su voz un refugio de calma.
Eric soltó un resoplido, esforzándose por no estallar.
-Carlos dijo que la llevemos de vuelta, y punto.
Y no solo eso: una vez fuera, Isabel tendría prohibido regresar. Habían subestimado la situación. Jamás imaginaron que ella aparecería en persona. De haberlo sabido, habrían cerrado la puerta antes de que pusiera un pie dentro.
El ambiente se volvía más opresivo con cada segundo. Paulina temblaba como hoja al viento, Isabel se anclaba en su decisión de resistir, y Carlos había dado una orden clara: sacarla de ahí. Todo era un caos sin remedio.
-No me voy -repitió Isabel, su voz resonando con una fuerza que no admitía réplica.
Paulina necesitaba su apoyo, y ella no le daría la espalda ni aunque el mundo se derrumbara.
Eric cerró los ojos, pasándose una mano por el rostro con resignación.
-Está bien, pues que venga Carlos a lidiar con usted.
No podían arrastrarla a la fuerza, no sin arriesgarse a un desastre mayor. Después de todo, Isabel era el tesoro de Esteban, y tocarla era como jugar con una tea encendida.
Con un bufido, Eric se retiró a dar su reporte a Carlos, dejando tras de sí un eco de pasos
frustrados.
En la sala, solo quedaron Isabel y Paulina. Esta última, con el corazón en un puño, se lanzó a sus brazos, abrazándola con una intensidad que hablaba de gratitud y terror.
-Isa, no me dejes -susurró entre lágrimas.
Isabel le acarició la espalda con suavidad, como quien consuela a un niño perdido.
-No te dejaré.
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Capitulo 531
Paulina sollozó contra su hombro, su voz ahogada por la emoción.
-Te quiero tanto, Isa. Eres lo único que me queda.
Apretó el abrazo, restregando el rostro contra su ropa hasta dejar un rastro húmedo de lágrimas y desesperación. Isabel, sin inmutarse, sacó un pañuelo y se lo ofreció.
-Ya, deja de llorar.
Paulina lo tomó y se limpió las mejillas, aún temblando.
-Te juro que no fue a propósito. Esas medicinas eran idénticas.
Isabel asintió, su confianza inquebrantable.
-Te creo.
Paulina dejó escapar una risa amarga, casi rota.
-Eres la única que me cree. No sabes cómo me miraban anoche. Parecía que querían arrancarme la piel a mordidas.
Las palabras de Eric, sobre todo, habían sido un golpe brutal. En ese momento, su mente había estallado en un caos ensordecedor, como si un martillo invisible la hubiera noqueado. Por más que quisiera explicarse, las palabras se le deshacían en la garganta, inútiles ante un juicio que ya la había condenado.