Capítulo 533
Isabel dejó el teléfono sobre la mesa con un suspiro quedo y deslizó una mano cálida por la espalda de Paulina, que se aferraba a ella como si el mundo entero amenazara con desmoronarse. Las lágrimas de la joven empapaban el hombro de su blusa, pero Isabel no se inmutó; en cambio, sus dedos trazaron círculos suaves, un refugio silencioso en medio del
caos.
-Tranquila, todo va a estar bien -susurró, su voz un hilo de miel que envolvía el aire.
Paulina alzó el rostro, los ojos enrojecidos y la voz rota por sollozos entrecortados.
-Isa… gracias…
En los últimos tiempos, su vida había sido un torbellino de pérdidas y promesas rotas. Si no fuera por Isabel, por esa lealtad inquebrantable que la había sostenido desde Puerto San Rafael, Paulina no sabía cómo habría encontrado fuerzas para seguir respirando.
Isabel esbozó una sonrisa tenue y sacudió la cabeza.
-No digas tonterías.
Luego, su mirada se endureció, cargada de una determinación que no admitía réplicas.
-Necesito que me ayudes con algo.
Paulina parpadeó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
-¿Es sobre mi mamá?
No hacía falta más. Lo supo al instante, como si el peso de esa pregunta ya viviera en su pecho.
Isabel asintió, el rostro ensombrecido por la urgencia.
-Sí. Necesito encontrar a tu madre cuanto antes… y también a Roberto.
Paulina apretó los labios, un gesto de angustia que traicionaba su fragilidad. Recordó aquel día, el instante en que se la llevaron; sus manos temblorosas no pudieron detenerlo. Ahora, imaginar a su madre atrapada en las garras de esa gente le revolvía el estómago.
Isabel posó una mano firme sobre su hombro.
-Ya mandé gente a buscarla, pero todavía no sabemos nada.
Desde Puerto San Rafael, había movido cielo y tierra, activando cada contacto que tenía a su alcance. Sin embargo, los días se deslizaban como arena entre los dedos, y el silencio persistía, ominoso. ¿Con quién se habría cruzado esta vez la señora Torres? Si su rastro era tan esquivo, debía haber rozado hilos peligrosos, tal vez demasiado oscuros. Si no había más remedio, tendrían que recurrir a la influencia de Esteban.
Paulina tragó saliva, un nudo apretándole la garganta. Isabel estaba haciendo tanto por ella…
Capítulo 533
estaba a punto de responder cuando el sonido de pasos firmes interrumpió el momento. Eric descendió por las escaleras, su figura recortada contra la luz de la lámpara. Sus ojos se clavaron en Paulina sin preámbulos.
-Señorita Torres, el patrón quiere verla arriba.
Al verlo, Paulina se encogió como un animal asustado y se refugió tras Isabel, aferrándose a su brazo con dedos temblorosos.
-No voy.
Isabel captó el miedo en su voz, un eco que reverberaba en su propia memoria. Carlos la había quebrado, eso era evidente.
Eric frunció el ceño, impaciente.
-Señorita Torres…
-¡De verdad no quiero ir! -interrumpió Paulina, su tono subiendo en un crescendo de pánico-. Yo no sé cocinar ni entiendo de medicinas. Les dije mil veces que pusieran a alguien más a cuidarlo, pero no me hicieron caso, me obligaron. ¿Y ahora que algo salió mal dicen que vine a matarlo? ¿Qué les pasa?
Sus palabras salieron en tropel, cargadas de una mezcla de furia y agravio. ¿Acaso no veían lo absurdo de culparla? Ella misma les había advertido que no sabía, que la comida le salía un desastre, pero la forzaron igual.
Isabel giró hacia Eric, su mirada afilada como una hoja.
-¿Para qué la quiere Carlos? Habla claro y deja de asustarla.
Su voz era un escudo, firme y sin fisuras. A diferencia de Paulina, ella no temía a esa gente.
Eric dejó escapar un suspiro, rascándose la nuca con fastidio.
-Anoche me pasé de la raya, pero no es culpa de Carlos.
Isabel arqueó una ceja, escéptica.
-¿Y eso qué significa?
Paulina, aún aferrada a ella, abrió los ojos de par en par.
-¿Cómo que no es culpa de él?
Eric cruzó los brazos, su tono firme pero tranquilo.
-Significa que Carlos siempre ha sido bueno contigo. No dejes que lo de anoche te confunda.
Paulina sintió que un balde de incredulidad le caía encima.
-¿Bueno conmigo? ¿En serio me estás diciendo eso?
¡Si Carlos la había tratado como si no valiera nada!
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Capitulo 533
Isabel soltó una risa seca.
-¿Bueno? ¿Carlos? -repitió, como si las palabras no encajaran juntas.
Paulina resopló, cruzándose de brazos.
-Ni de broma. Además, anoche me dijo cosas horribles.
Lo único que quería era irse con Isabel y borrar a Carlos de su vida para siempre.
-De todos modos, no voy a subir.
Su postura era obstinada, un desafío pequeño pero firme. Antes, jamás se habría atrevido a plantarle cara a Eric, pero con Isabel a su lado, por primera vez respiraba seguridad.
Eric la observó, una chispa de diversión bailando en sus ojos. Esa rebeldía era frágil, un castillo de naipes que podía derrumbarse con un soplo.
-Está bien -dijo con calma-. Pero no te sorprendas si en un rato Carlos pierde el interés en decirte dónde está tu madre.
Paulina se quedó inmóvil, el aire atrapado en su pecho.
-¿Qué?
Su madre…
-¡Voy ahora mismo!
Isabel la miró, atónita. ¿Y dónde había quedado esa terquedad de hace un instante?
Paulina no podía pensar en otra cosa. Los días recientes habían sido una tormenta de angustia, su mente atrapada en un remolino de preguntas sobre su madre y Roberto. ¿Carlos realmente sería tan generoso como para ayudarla? No importaba, tenía que averiguarlo.
Llegó al pie de la escalera justo cuando la puerta principal se abrió. Esteban cruzó el umbral con paso seguro, su presencia llenando el espacio. Su llegada, tan repentina, dejó a Isabel desconcertada por un segundo, mientras el rostro de Eric se tensaba como una cuerda.
Él reaccionó primero, inclinándose ligeramente.
-Señor.
Esteban no se detuvo en cortesías.
-¿Dónde está Carlos?
-En su habitación. Todavía está débil, así que no se ha levantado.
Esa palabra, “débil“, hizo que Paulina apartara la mirada, inquieta, como si temiera que la asociaran con aquello.
Esteban giró hacia Isabel, evaluándola con un vistazo rápido.
Ella se puso de pie, dejando escapar un murmullo de fastidio.
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-De todas formas, si Pauli no se va, yo tampoco.
Era su mantra, inamovible. Si Paulina se iba, partirían juntas. Si no, aquí se quedarían, ancladas en la espera.
Paulina, con los ojos brillando de lágrimas, la miró con una súplica muda.
-Isa…
Pero Isabel alzó una mano, pidiéndole silencio con un gesto gentil pero firme.