Capítulo 535
Iris había armado un verdadero torbellino cuando Isabel regresó, enfrentándose a la familia Galindo con una furia que rozaba la locura. Por fuera, exhibía una sonrisa tan falsa como un billete de tres pesos; por dentro, el rechinar de sus dientes resonaba como un eco de su rabia contenida. Después de tejer tantas intrigas ponzoñosas, ¿de veras creyó que el destino la dejaría salir indemne? No, la justicia, lenta pero implacable, al fin la había alcanzado. Tanto esfuerzo, tanta batalla encarnizada por aferrarse a los Galindo, y ahora sus manos estaban vacías, desnudas de cualquier victoria. Su cuerpo, castigado por la enfermedad, se consumía a pasos agigantados; con esa salud frágil, el tiempo fuera de esas paredes se le escapaba como arena entre los dedos.
Isabel dejó escapar un suspiro, y una mueca de desprecio curvó sus labios.
-Ahora que los Galindo se desgarran entre sí como perros hambrientos, ¿quién va a perder un segundo pensando en ella? Valerio ha volcado toda su furia contra Iris, y no hay quien lo detenga.
Siempre pensó que la familia era un lazo de acero, pero no era más que un espejismo roto. En Puerto San Rafael, Valerio aún hablaba de Iris con un cariño que parecía genuino, como si el vínculo entre hermanos fuera sagrado. Ahora, ella no era más que el saco donde descargaba
su desprecio.
Paulina asintió con un brillo travieso en los ojos.
-Así es. Carmen tras las rejas, el Grupo Galindo en quiebra, y Patricio… con lo poco que le queda, no creo que pueda seguir sosteniendo a esa otra familia que tiene escondida.
-Y en todo ese desastre, el único que queda en pie es Valerio. Pero quien se llevó la peor parte,
sin duda, fue Iris.
Cada mención de Iris encendía en Paulina una alegría casi infantil, un regocijo que bailaba en
cada sílaba.
-Y ni qué decir de Sebastián. Antes la miraba como si fuera el amor de su vida, y ahora, míralos, qué pareja tan perfecta hacen en su miseria.
Antes, los Bernard torcían la nariz ante Iris, considerándola indigna de su preciado hijo. Pero ahora, ambos hundidos en la ruina, ninguno tenía pedestal desde el cual señalar al otro.
Isabel tomó su vaso, el cristal frío rozando sus dedos, y dio un sorbo lento de agua antes de
hablar con voz serena.
-Antes, Marcelo no tenía más opción que soportar a Sebastián, su único heredero. Pero ahora que apareció otro contendiente, las cartas están sobre la mesa.
Paulina asintió con entusiasmo, casi saltando en su lugar.
-¡Exacto! La verdad, Marcelo debió tomar esa decisión hace años. Angélica tiene mucho más talento que Sebastián para llevar las riendas.
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Capitulo 535
Incluso si hubiera apostado por Angélica, el Grupo Bernard estaría en mejores manos que con Sebastián. Pero ya qué importaba. Con alguien más en escena, Sebastián se había quedado con las manos vacías.
En la planta baja, los rumores corrían como rios desbordados, inundando cada rincón de la
casa.
Mientras tanto, en la planta alta, Esteban estaba sentado junto a la cama de Carlos. Tras escucharlo, lo observó con una mirada indescifrable, sus ojos deteniéndose en la parte baja del abdomen de Carlos con una mezcla de asombro y escepticismo. Una risa grave escapó de
su garganta.
-Tú, muchacho… quién lo diría.
Quiso añadir algo más, pero las palabras se le enredaron en la lengua, como si temieran salir.
No era un chiste; después de tantas indirectas de Vanesa sobre ese tema, Esteban había comenzado a sospechar que Carlos cargaba con un defecto oculto. Pero ahora…
Arqueó una ceja, curioso.
-¿De verdad sentiste algo?
Carlos asintió con un leve murmullo.
-Ajá. Por primera vez.
Esteban frunció el ceño, intrigado.
-¿Nunca antes?
Carlos negó con la cabeza, firme.
-Nunca.
Un silencio denso se asentó entre ellos. ¿Entonces sí había un problema? ¿Y con Paulina, de pronto, todo había cambiado?
Eric, que había escuchado todo desde un rincón, se quedó boquiabierto, la mente dando tumbos. ¡Lo sabía! Siempre había jurado que Carlos tenía un problema serio ahí abajo, aunque Julien se burlara de él por decirlo. Y ahora, por obra y gracia de esa pequeña mujer, Carlos estaba… ¿curado?
Antes de que Esteban pudiera soltar otra palabra, Eric se lanzó al suelo con un estruendoso -¡Pum!– de rodillas frente a él.
-Señor, por favor, no deje que esa enana se lo lleve.
El gesto fue tan repentino que Esteban y Carlos se quedaron helados, como estatuas. Cuando Carlos reaccionó, su rostro se ensombreció al instante.
Pero Eric, ciego a la tormenta que se gestaba, continuó su súplica.
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Capitulo 535
-Señor, Carlos tenía un problema de verdad, se lo juro. Antes, podía tener a las mujeres más despampanantes delante y no sentía ni cosquillas.
-Pero ahora que por fin encontró a alguien que le mueve el piso, hazme el favor y no la dejes ir. Hablaba con una seriedad que rara vez le salía, genuinamente preocupado por el bienestar de Carlos. Solo había un detalle que no terminaba de cuadrarle: ¿por qué Paulina, precisamente ella? Sí, blanca, delicada… pero tan pequeña. Junto a la presencia arrolladora de Carlos, parecía una figura de porcelana, frágil y diminuta.
-Carlos, ¿no te parece que es demasiado chiquita? Digo, al menos podrías…
Su mente corría más rápido que su boca, y estuvo a punto de sugerirle que buscara a alguien con más presencia física. Pero antes de terminar, captó la mirada de Carlos: un fulgor oscuro, casi salvaje, que parecía querer tragárselo entero.
-Eh… Carlos, yo… yo solo…
Silencio.
-Señor.
Eric sintió que su cerebro se desconectaba y, por puro instinto, giró hacia Esteban. Este, con una sonrisa críptica, jugueteaba con un rosario de cuentas desgastadas entre los dedos, como si supiera algo que los demás aún no podían adivinar.
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