La Heredera 539

La Heredera 539

Capítulo 539 

Isabel sentía que el corazón le latía con más fuerza a medida que se acercaban a casa, imaginando ya la escena que la aguardaba: su madre, con esa mirada escrutadora, esperando respuestas que ella aún no sabía cómo dar. Aunque París había parecido un refugio distante desde Puerto San Rafael, el encuentro con la señora Blanchet la llenaba de una inquietud que no podía disimular

Esteban, atento a la tensión que endurecía los hombros de Isabel, esbozó una sonrisa suave, casi divertida

-¿Qué pasa? ¿Estás nerviosa

-No, claro que norefunfuñó ella, desviando la mirada hacia la ventana con un mohín

El coche ascendió lentamente hasta la cima de la colina, y ante sus ojos se desplegó el vasto campo de equitación, un tapiz verde que parecía susurrar historias de días felices. A lo lejos, el castillo de los Allende se alzaba imponente, sus torres rozando el cielo con una elegancia que inspiraba reverencia y deseo. Aquel era el hogar de su familia, un símbolo de poder tan sólido como su lugar en la alta sociedad de París

El convoy avanzó con calma, y las puertas electrónicas se abrieron con un zumbido sutil al reconocerlos. Una fila de guardias, impecables en sus uniformes negros, flanqueaba el ingreso, recordando a cualquiera que cruzar ese umbral era un privilegio reservado para pocos. El vehículo recorrió el sendero durante unos cinco minutos más antes de detenerse frente a la entrada principal del castillo

El mayordomo, acompañado por una hilera de criadas, aguardaba con una postura de absoluta deferencia. Al detenerse el coche, se adelantó con paso firme y abrió la puerta con una inclinación respetuosa

-Señor, señorita

Esteban descendió primero, elegante y seguro, y luego extendió una mano hacia el interior. Isabel observó esa palma amplia, un refugio conocido, y depositó en ella la suya, pequeña y temblorosa. Con un leve tirón, él la guio fuera del vehículo

José Antonio, el mayordomo de rostro curtido por los años, no pudo contener la emoción que empañó sus ojos al verla

-Señorita, por fin está de vuelta. Estos años sin usted, la casa parecía incompleta, como si le faltara el alma

Isabel le dedicó una sonrisa cálida, casi nostálgica

-José Antonio

A sus más de cincuenta años, el hombre respondió con una sonrisa que arrugó aún más las comisuras de sus ojos

-Pase, por favor. La señora ya regresó

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Capitulo 539 

Isabel asintió con suavidad. Esteban, siempre atento, le ajustó el chal sobre los hombros

-No tengo fríomurmuró ella, y era cierto: el aire de París, tibio y acogedor, contrastaba con el rigor helado de Puerto San Rafael

Esteban la tomó del brazo y la guio hacia el interior. A lo largo del camino, los empleados inclinaban la cabeza al verla, y muchos rostros se iluminaban con genuina alegría. Isabel siempre había sido amable con ellos, un destello de bondad en una casa de jerarquías rígidas. Sin embargo, algunos la miraban con recelo, susurrando que no era más que una hija adoptiva. Pero la protección feroz de Esteban y la señora Blanchet silenciaba cualquier murmullo de desprecio. Nadie, ni siquiera las damas de sociedad que alguna vez intentaron humillarla, se atrevía a desafiar a los Allende

Cruzaron la puerta principal y, tras unos minutos de caminata, llegaron a la villa donde la señora Blanchet solía pasar sus días. Al entrar, un aroma reconfortante inundó el aire: notas de especias y pan recién horneado que hicieron rugir el estómago de Isabel

Desde el salón, la voz de Charlotte Blanchet resonó con una mezcla de duda y cariño

-No si a Isa todavía le gustarán estas recetas. Ese inútil de Esteban dice que sus gustos cambiaron mucho en Puerto San Rafael

-Todo lo que usted prepare, señora, a la señorita le va a encantarrespondió Patricia, su tono suave y conciliador-. Por más que cambien las cosas afuera, lo de casa siempre tiene un lugar especial

-Es verdad -replicó la señora Blanchet, con un dejo de orgullo-. Nada se compara con esto. ¿Puedes creer lo que pasó con esa familia en Puerto San Rafael? Aquí jamás hubiéramos permitido que Isa sufriera así. ¡Por poco la matan, los muy desgraciados! 

El enojo tiñó sus palabras, y Patricia, con una sonrisa discreta, intentó calmarla

-Pero, señora, ¿no es cierto que usted y el señor ya les pusieron un alto? Los dejaron en la ruína

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