Capítulo 544
Vanesa irrumpió en el armario con un ímpetu arrollador y, extendiendo los brazos como alas, arrancó una fila entera de ropa que lanzó sin ceremonias sobre la cama. Luego, girándose con precisión, abrió una serie de cajones y extrajo con cuidado varias cajas elegantes, apilándolas entre el revoltijo de prendas. En un instante, la cama se transformó en una montaña caótica de telas y empaques.
Isabel se quedó muda, observando el espectáculo.
Vanesa destapó las cajas una por una, dejando al descubierto un tesoro deslumbrante: collares que parecían hilos de estrellas, anillos delicados, pulseras que tintineaban al moverse y pendientes que capturaban la luz con destellos sutiles.
-Es mi nueva creación -anunció con orgullo.
Isabel, deslumbrada por el brillo y la abundancia, abrió los ojos como si quisiera abarcarlo
todo.
-¿Todo esto lo hiciste tú? -preguntó, incrédula.
¿Desde cuándo Vanesa se dedicaba a la joyería? Hasta ese momento, Isabel solo sabía de su talento para confeccionar ropa, un arte que había aprendido de Dan. ¿Acaso él, siendo hombre, también había cultivado una pasión por las gemas? Si así fuera, el cambio en Vanesa por su influencia era aún más profundo de lo que imaginaba.
-Hace dos años, mientras iba a buscarte, me topé con una mina -explicó Vanesa-. Las piedras me parecieron tan hermosas que decidí llevármelas todas. Eran demasiadas, así que las convertí en diseños para ti.
-¡¿Qué?! -Isabel parpadeó, atónita.
¿Tropezar con una mina? ¿Así, sin más, en medio de un viaje? La suerte de Vanesa parecía desafiar toda lógica, como si los dioses mismos conspiraran para colmarla de maravillas.
Isabel examinó las piedras, su transparencia y brillo la hipnotizaban, aunque no lograba identificarlas. No era experta, pero algo en su resplandor le decía que eran extraordinarias.
-¿Estás segura de que las encontraste? -preguntó, alzando una ceja.
Vanesa soltó una risita traviesa.
-Las robé -confesó sin rodeos.
Isabel se quedó boquiabierta.
-¿Cómo? -balbuceó, atrapada entre la sorpresa y la risa.
-Eran de una organización criminal aclaró Vanesa, encogiéndose de hombros. Intenté comprarlas, pero quisieron timarme. Eran unos descarados.
Para hacerse con esas gemas, había tenido que ingeniárselas. Si no hubieran sido tan bellas, ni
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siquiera las habría considerado. Pero la avaricia de esos tipos la había enfurecido.
El párpado de Isabel tembló mientras procesaba la historia.
-¿Entonces las robaste? -insistió, aún aturdida.
-Ay, sí, les pagué -corrigió Vanesa con una sonrisa pícara-. Pero solo lo que valían de verdad, nada de esas sumas ridículas que me pedían.
-Ven hermana, déjame ponerte este collar -dijo, cambiando de tema con entusiasmo-. Elegí cada detalle yo misma, ¿no es una belleza?
Al pronunciar “hermana“, su voz se tiñó de una dulzura especial, como si saboreara cada sílaba. Los años sin escuchar ese apelativo de Isabel habían dejado un vacío extraño en su corazón. Aunque ahora eran adultas, el rostro de su hermana, con esa chispa infantil intacta, seguía evocándole recuerdos de tiempos más simples.
Mirándola, con esos ojos grandes y expresivos, Vanesa sintió una oleada de ternura. Antes, en la escuela, bastaba con ver esa carita para disipar cualquier mal humor. Y ahora, aunque el tiempo había pasado, su encanto seguía siendo un bálsamo.
-Mandé pulir las piedras con los mejores artesanos y yo misma escogí los adornos añadió,
sosteniendo el collar con delicadeza.
Isabel asintió, admirada.
-Sí, es precioso–reconoció.
El diseño era único, y las gemas parecían contar una historia propia.
-¿Qué tipo de piedras son? -preguntó, curiosa.
Vanesa se rio suavemente.
-No sé, solo me gustaron y las rob… digo, las compré -respondió, corrigiendo su desliz con un guiño-. Tranquila, ya comprobé que no son tóxicas ni nada por el estilo.
Mientras hablaba, rebuscó entre las prendas y seleccionó un vestido, sosteniéndolo frente a Isabel para evaluar la combinación.
-Mira qué ojo tengo para el estilo.
Isabel guardó silencio, observando el collar en manos de su hermana. Sí, el gusto era impecable. Pero al fijarse en el tono del vestido, algo chirrió en su mente.
-¿Acaso a Dan ahora le gustan las mujeres maduras? -soltó de pronto, con una mezcla de broma y duda.
Vanesa se quedó helada. Sus manos, que sostenían el vestido, se detuvieron en el aire.
-¡¿Qué?! – exclamó, girándose para dejar la prenda sobre la cama.
Con la espalda hacia Isabel, su figura destilaba una tristeza repentina. Isabel dio un paso adelante y tomó su mano, notando el frío que la recorría.
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-Hermana -susurró con una voz suave, cargada de cariño.
En ese instante, Vanesa sintió que un hilo invisible de consuelo la envolvía. Cerró los ojos por un momento, respirando hondo.
-Él tiene una prometida, Isa -dijo al fin, con la voz quebrada-. ¡Se va a casar! No lo puedo
creer, se va a casar.
-¿Qué? -Isabel retrocedió, atónita-. ¿Prometida?
¿Cómo podía ser? En su memoria, Dan siempre había parecido embelesado por Vanesa. Desde su perspectiva, él la había tratado con una devoción genuina. Incluso cuando ocultaba quién era realmente, se había acercado a ella con un cariño que no fingía.
Recordando aquellos días, Vanesa había sido tan feliz. Dan le había mostrado un mundo nuevo, le había enseñado a abrazar su feminidad. Eran dos almas entrelazadas por un amor profundo… o eso había creído.
Vanesa tomó aire, intentando dominar el torbellino en su pecho.
-Me ha olvidado, Isa -murmuró-. No puede ser, ¡no se acuerda de mí!
-¿Perdió la memoria? -preguntó Isabel, todavía incrédula.
-No lo sé, no sé nada y ya no quiero saberlo -respondió Vanesa, con la voz temblorosa—. Él…
no me reconoce.
Esas palabras, “no me reconoce“, cayeron como piedras pesadas, cargadas de un dolor que Isabelcasi podía tocar. Se quedó sin palabras, buscando en vano algo que decir.
Se acercó en silencio y rodeó a Vanesa con sus brazos desde atrás, sintiendo el leve temblor que la sacudía.
-¿Cómo es posible que no me reconozca? -susurró Vanesa, más para sí misma-. ¿Cómo puede ser…?
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