Capítulo 545
El dolor de Vanesa envolvía la habitación como un eco silencioso, y a Isabel le costaba encontrar las palabras justas para aliviarlo. Sabía que ese tipo de herida no se curaba con frases comunes ni promesas vacías.
-¿Estás segura de que era Dan? -preguntó al fin, rompiendo el mutismo con una voz suave, casi temerosa de la respuesta.
Si de verdad se trataba de él, ¿cómo podía actuar así? La idea de que alguien olvidara tan fácilmente un amor como aquel parecía imposible. ¿Y si no era amnesia, sino otra cosa? Isabel rememoró la charla entre Esteban y Vanesa. Esteban había mencionado a ese hombre en Las Dunas, un detalle que guardó celosamente a pesar de conocer su peso para ella. ¿Y si solo era un parecido? Pero si no fuera Dan, ¿por qué Esteban lo habría señalado?
Vanesa, con los ojos encendidos por un resentimiento que ardía lento, respondió sin titubear:
-Estoy segura. Aunque el tiempo lo redujera a polvo, lo reconocería. Es él. No hay manera de que me equivoque.
Un amor así, tallado en lo más hondo del alma, no se confundía con sombras ni espejismos. Isabel calló, dejando que esas palabras se asentaran entre ellas. Entonces era Dan, allá en Las Dunas, comprometido, viviendo una vida que excluía a Vanesa por completo.
Con un gesto instintivo, Isabel rodeó a Vanesa con sus brazos y apoyó la barbilla en su hombro, buscando ofrecerle
un refugio en medio de la tormenta.
-¿Y ahora, qué vas a hacer? -susurró, preocupada por la chispa impulsiva que a veces brillaba en los ojos de su hermana.
Vanesa no respondió de inmediato. Cerró los ojos, inmóvil, como si intentara encerrar el torbellino que rugía en su interior.
-No lo sé–dijo al fin, con una voz que temblaba entre la derrota y la resignación.
Un hombre que ella había sepultado en su memoria como un recuerdo sagrado ahora respiraba, vivía, construía un futuro ajeno. Y ella, que lo había guardado como un tesoro intocable, se encontraba de pronto con las manos vacías.
-Está bien, ya basta de tristeza -declaró Vanesa de repente, deshaciéndose del abrazo con un movimiento brusco.
Al girarse, su rostro lucía una sonrisa tan luminosa que desconcertó a Isabel. Era como si hubiesen cambiado de escena en un parpadeo. Vanesa tomó el vestido de la cama y, entre las joyas desparramadas, eligió un collar que destellaba con una luz casi insolente.
-Este también es precioso -comentó, alzándolo con entusiasmo.
Isabel parpadeó, atónita ante esa transformación.
-¿Qué tiene que ver Dan con que te encanten las joyas? Lo que te regalen no lleva su nombre
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-añadió Vanesa, y sin esperar respuesta, comenzó a desvestir a Isabel con la naturalidad de quien organiza un juego.
La calefacción llenaba la habitación de un calor envolvente. Isabel, que se había quitado el abrigo al llegar, solo llevaba un suéter ligero. Vanesa se lo sacó en un movimiento rápido, dejando a Isabel con las mejillas encendidas y las manos alzadas por instinto.
-Yo… yo puedo sola -balbuceó, intentando cubrirse.
-¿Sola qué? -replicó Vanesa, riendo-. ¡Vamos, quiero verte con todo puesto! Ya te he visto entera mil veces, ¿qué vergüenza es esa? Baja las manos.
Sin darle tiempo a protestar, le pasó el vestido por la cabeza y ajustó el collar con dedos ágiles. De pronto, era la Vanesa despreocupada de siempre, como si el peso de minutos atrás se hubiera evaporado.
Al notar la incomodidad de Isabel, soltó un bufido juguetón:
-¿Todavía te da pena? ¿Después de todo lo que has hecho con Esteban?
Isabel sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
-¡¡¡!!! -Su mente se nubló. ¿Cómo se atrevía a decir eso tan a la ligera?
En realidad, los últimos dos años habían sido un torbellino de independencia. Salvo por un baño ocasional, todo lo había enfrentado sola. Vanesa terminó de ajustar el vestido y dio un paso atrás, asintiendo con aprobación.
-No imaginé que una chaparrita como tú pudiera verse tan elegante -dijo, con un brillo
travieso en la mirada.
́¡¡¡!!! —Isabel frunció el ceño-. No soy baja -replicó, molesta.
En Puerto San Rafael, entre las demás chicas, siempre se había sentido más alta que el promedio. ¿Por qué Vanesa insistía en llamarla así?
-¿Que no eres baja? -respondió Vanesa, alzando una ceja-. En la familia Allende, eres la más chiquita. Te alimentaron bien todos estos años, pero parece que el estirón se olvidó de ti.
Isabel se quedó sin palabras, con la réplica atorada en la garganta.
Las joyas que Vanesa creaba eran, sin duda, una maravilla. Cada piedra, tallada con precisión, resplandecía con una belleza única y misteriosa. Isabel, adornada con ellas, parecía sacada de un sueño.
-Estos aretes son enormes -comentó, tocándolos con cuidado.
Vanesa levantó un par que brillaban como estrellas capturadas.
-No pesan casi nada. Los pulí con una técnica especial -explicó, colocándoselos con delicadeza.
Isabel se giró hacia el espejo. Los reflejos danzaban en su rostro.
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-¿No son un poco mucho para el día a día? -preguntó, admirando su elegancia casi excesiva.
Vanesa soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
-¿Mucho? Para mí son perfectos. ¿Qué, no has usado ropa sin repetir estos últimos años?
-¡¡¡!!!–Isabel abrió la boca, sorprendida-. En estos años no he mandado a hacer nada con Jazmín. Todo lo compré afuera -admitió, casi a la defensiva.