Capítulo 547
Vanesa sintió cómo un nudo se le formaba en el estómago, tan apretado que apenas podía respirar. ¿Ella, poderosa? Ni en sueños. Recordaba perfectamente la última pelea con Yeray: sus movimientos rápidos, su fuerza implacable. No había manera de que lo hubiera superado, ni siquiera en sus mejores días.
-Oliver, ¿qué diablos está pasando? -preguntó Vanesa, con la voz temblando de incredulidad.
-No, escúchame bien: él tenía un documento importante que alguien robó. ¡Y ahora viene hacia ti dispuesto a armar un escándalo! ¡Escóndete ya! -respondió Oliver, las palabras saliendo atropelladas, cargadas de urgencia.
-¿Qué?
-¡Rápido, Vanesa! ¡Viene armado!
-i¿Qué?!
¿Armado? ¿A buscarla a ella? La idea era tan absurda que por un instante pensó que Oliver estaba exagerando. ¿Qué documento podía ser tan valioso para desatar esa furia? ¿De verdad Yeray la creía capaz de algo así?
-¡Yo no tomé nada! -insistió Vanesa, sintiendo cómo la confusión se transformaba en una furia sorda.
Por todos los santos, cuando fue a encarar a Yeray, lo único que llevaba eran sus puños y su orgullo, no una intención ladrona. Ahora, esto la pintaba como una vulgar ratera.
-¿Cuándo se perdió ese dichoso papel? -preguntó, el tono cortante por la irritación.
-Si hacemos cuentas, fue hace cuatro días, justo cuando llegaste a París -explicó Oliver, más calmado pero igual de nervioso.
-¡Entonces no fui yo! ¡Te juro que no lo tomé!
-El problema es que ese documento ya está en manos de Dan.
-¡¿Qué?!
¿Con Dan? Vanesa intentó ordenar sus pensamientos. Había estado en Las Dunas los últimos días, incluso viajó con Dan a las Islas Gili. Cuando supo que Yeray había regresado a París, no pudo resistir el impulso de seguirlo. Después, por el lío con la familia Allende, lo buscó para ajustar cuentas. Todo encajaba en una línea de tiempo caótica: salió de estar con Dan, fue directo a pelear con Yeray, y luego, mágicamente, el documento desapareció… ¿para terminar con Dan?
“Esto no tiene sentido“, pensó, mientras su mente giraba como un torbellino. “¿Cómo explico algo que ni yo entiendo? Dan, ese imbécil, ¿por qué tuvo que meterse con lo de Yeray?”
-¡Escóndete de una vez! ¡Está furioso! Si no le entregas ese documento hoy, te juro que es capaz de matarte -urgió Oliver, casi gritando.
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-i¿Qué?!
¿Matarla? ¡Si ni siquiera lo tenía! Vanesa apretó los dientes, frustrada. ¿A dónde podía ir para desenredar este desastre? Oliver balbuceó algo más y colgó, dejando un silencio que zumbaba en sus oídos. Sus ojos se encontraron con los de Isabel, que la observaba con una calma desconcertante.
-Yo no tomé ese maldito documento -afirmó Vanesa, casi rogando que le creyeran.
Isabel asintió sin pestañear.
-Te creo–dijo con una certeza que no admitía dudas.
Isabel conocía a Vanesa como si fueran hermanas. Sabía que, aunque Dan hubiera sido amable con ella, Vanesa no se rebajaría a algo tan estúpido. Podía querer a alguien con locura, pero nunca cruzaría esa línea por un hombre. Y si lo hiciera, lo haría a la cara, sin escondidas
ni trucos.
Justo cuando iban a seguir hablando, un golpe seco resonó en la puerta. La voz del mayordomo llegó desde el pasillo, firme pero con un dejo de inquietud:
-Señorita, ¿me permite?
-¿Qué pasa? -respondió Vanesa, el corazón acelerándosele.
-El señor Méndez está aquí. Insiste en verla.
Vanesa se quedó muda. ¿Tan rápido había llegado? Desde que Yeray aclaró aquel incidente de
hace tres años, su madre había suavizado las restricciones hacia él. Las familias llevaban años entrelazadas, y él, en el fondo, había intentado ayudar a los Allende alguna vez, aunque todo se torciera. Si lo pensaba bien, Yeray hasta les debía algo.
Instintivamente, Vanesa soltó:
-No quiero verlo.
¡Demonios! ¿Cómo iba a explicar este enredo? Pero apenas terminó de hablar, la voz de Yeray estalló desde el otro lado de la puerta, cargada de una rabia que hizo temblar el aire:
-¡Vanesa, sal de ahí ahora mismo! ¡Hoy te mato por robarme ese documento! ¿Cómo te atreviste?
Yeray conocía cada rincón de la mansión Blanchet como si fuera suya. Había entrado y salido con Esteban mil veces, y sabía que Vanesa no le abriría por gusto. Por eso estaba ahí, gritando frente a su puerta como un toro enfurecido.
Isabel, al oírlo, sacó su celular con rapidez y marcó a Esteban. La familia Allende era un mundo en sí misma; quizás él ni siquiera sabía que Yeray había irrumpido así.
Vanesa, con los nervios a flor de piel, alzó la voz:
-¡Yo no me llevé nada! ¡Deja de acusarme sin pruebas, carajo!
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Con esa furia que traia Yeray, abrir la puerta podia ser un boleto directo a un desastre.
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