Capítulo 553
El humo del cigarrillo flotaba en volutas densas, impregnando el aire con un aroma acre que se mezclaba con la furia contenida de Yeray. Cuando las palabras no lograban doblegar a Esteban, su paciencia se desmoronaba, y el berrinche emergía como un torrente imposible de represar. Así era él: un torbellino de emociones que rara vez hallaba cauce en la razón.
¿lsabel? Esa muchacha obstinada. Tres años atrás, había sido ella quien, con su terquedad, malinterpretó todo. ¿Y ahora se atrevía a señalarlo con el dedo? En aquel entonces, él le había enviado un mensaje desde otro teléfono, un gesto furtivo que ella, en su ceguera, ignoró por completo.
Esteban alzó la vista, sus ojos afilados como el borde de una hoja.
-¿Devolverte qué? -preguntó, su voz cargada de desprecio.
-¡Sí, es mío! -replicó Yeray, plantándose con firmeza-. Y tú me lo vas a devolver. No me importa lo que digas, lo quiero de vuelta.
Con Isabel, no había espacio para titubeos. Su postura era inquebrantable, un muro de granito frente a las provocaciones de Esteban. Este, con una risa seca que cortó el aire, aplastó el cigarrillo contra el cenicero, dejando un rastro de cenizas que se esparcieron como pétalos
marchitos.
-Te vi con las manos sobre el pecho de Vanesa, ¿o me equivoco? -soltó Esteban, su tono punzante como una acusación disfrazada de calma.
Yeray frunció el ceño, desconcertado.
-¿De qué estás hablando?
¿Hace un momento? ¿Qué había pasado? La escena se le escapaba, difusa como un sueño a medio recordar. No había intención alguna en sus gestos, ¿o sí? Esteban, imperturbable,
continuó:
-¿Y no piensas hacerte responsable?
Yeray se quedó mudo, con la mandíbula desencajada.
-¡¿Qué carajo?! -estalló finalmente-. ¿Responsable de qué?
¿Lo decía en serio? La mirada firme de Esteban, desprovista de cualquier atisbo de burla, le erizó la piel.
-Oye, ¿sabes por qué fui a buscar a Vanesa? -replicó Yeray, intentando recuperar el control-. ¡Ella me robó algo!
Silencio. Esteban no respondió, apenas un leve parpadeo en su rostro impasible.
-¡Allende, no seas tan descarado! -gruñó Yeray-. ¿Qué te pasa? ¿Tienes algo de vergüenza?
Había ido por sus pertenencias y por Isabel, y ahora Esteban le salía con esto. ¿Qué pretendía?
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¿Acaso Dan ya no quería a Vanesa y ahora intentaban endosársela a él como si fuera un paquete indeseado? Esteban, con parsimonia, encendió otro cigarrillo, el chasquido del encendedor rompiendo el tenso mutismo.
-Pero la tocaste -dijo, exhalando una bocanada de humo-. Y, al fin y al cabo, Vanesa es una chica. Su reputación…
Ese “Vanesa” sono casi tierno, como si hablara de una flor frágil a punto de marchitarse. Yeray, al borde de la explosión, lo interrumpió:
-¿Una chica? ¿En serio, Esteban? ¿Tú te atreves a llamar “mujer” a Vanesa? ¿De verdad lo dices con el corazón?
Esteban, sin inmutarse, posó una mano sobre su pecho.
-Lo digo con el corazón -afirmó, solemne.
Yeray sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies.
-¡¿Qué demonios?! -bramó-. ¿Qué hice en otra vida para merecer esto? ¿Desenterré las tumbas de tu familia o qué?
¿Era esto una venganza? ¿Un plan retorcido para torturarlo con Vanesa? Su furia crecía, un nudo ardiente en el pecho.
-¿Quieres que me envenene por las noches y termine muerto? -espetó, su voz temblando de indignación. ¿Esto es “darle una mujer“? ¡Conociendo a tu hermana, esto no es una mujer, es
una sentencia de muerte!
-Para con tus tonterías cortó Esteban, seco.
Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
-Mi hermana no es alguien que cualquiera pueda manejar -añadió, con un dejo de orgullo.
Yeray frunció el ceño, perdido en la maraña de las palabras de Esteban.
-¿Qué carajo? -murmuró-. ¿Va en serio?
-La única vez que Vanesa, esa fuerza de la naturaleza, se enamoró fue de Dan -continuó Esteban-. Y él sigue reinando en su corazón.
“No es cualquiera quien puede herirla, pero Dan lo hizo. Y esta vez, le dolió de verdad.”
Ella había ido a buscarlo, solo para descubrir que él estaba a punto de casarse con otra. El impacto la había atravesado como un golpe seco, dejándola tambaleante.
-¿Y cómo sabes que Dan está tan feliz ahora? -preguntó Esteban, inclinándose ligeramente
hacia adelante.
Yeray lo miró, desconcertado.
-¿A qué te refieres?
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Capítulo 553
¿Insinuaba que Dan no estaba bien? ¿Era eso posible? Vanesa acababa de llegar de Las Dunas, y las piezas del rompecabezas aún no encajaban. Para quien entendiera las intenciones de Esteban, era evidente que protegía a los suyos. Pero para Yeray, era solo un hombre irracional jugando con fuego.
-¡La toqué sin querer! -estalló, poniéndose de pie de un salto-. ¿Y por eso me vas a obligar a casarme con ella? ¿Vanesa siquiera está de acuerdo con esto?
Antes de que Esteban pudiera responder, una voz firme irrumpió desde la puerta del estudio.
-Yo acepto -dijo Vanesa, su tono cortante como el filo de una hoja, deteniendo el tiempo por
un instante.