Capítulo 578
Al terminar de hablar, Esteban se incorporó primero. Isabel también se levantó y observó atentamente cómo él sacaba del armario ropa cómoda para estar en casa.
-Puedo vestirme sola.
Isabel extendió la mano instintivamente.
-Anoche mi madre mencionó que debía cuidarte bien -respondió él, esquivando su gesto.
-¿Pero qué dices? Si solo es ponerme ropa -replicó Isabel.
“En casa no hay nada que hacer, ¿exactamente cómo pretende cuidarme?”
Esteban curvó suavemente sus labios y comenzó a desabotonar la pijama de Isabel. Ella sintió un revoloteo en el pecho y por reflejo sujetó la muñeca del hombre.
-¿Mm? -Esteban arqueó una ceja.
-Yo… yo puedo sola -murmuró Isabel con las mejillas encendidas.
Esteban le pellizcó la nariz con ternura.
-Está bien, vístete tú misma.
Sin insistir más, le entregó la ropa. Isabel exhaló aliviada. Después de todo este tiempo juntos, tenía algo muy claro: este hombre de apariencia seria y reservada, en realidad carecía de autocontrol…
Una vez vestida, entró al baño donde Esteban ya había preparado el cepillo de dientes con pasta para ella. Isabel se colocó a su lado y observó sus reflejos en el espejo: su cabeza apenas alcanzaba el hombro de Esteban. Viéndolos así, las burlas de Vanesa sobre su estatura cobraban sentido.
-¿Qué tanto miras?
Al notar que Isabel sostenía el cepillo inmóvil, Esteban le revolvió cariñosamente el cabello.
-En Puerto San Rafael no soy tan bajita -murmuró ella.
“Pero aquí, con los Allende, resulto ser la más pequeña de todos.”
Esteban soltó una carcajada genuina.
-Cuando eras chiquita estabas muy débil. El médico dijo que tenías deficiencias congénitas, y después de recogerte, pasaste veinte días en el hospital.
Aquella frase, “después de recogerte“, le provocó un vuelco en el corazón. Su mamá le había contado esa historia. En aquel entonces, era tan pequeñita, tan suave y blanca, tan adorable que no pudieron abandonarla. Pero cuando enfermaba, realmente representaba todo un desafío.
Isabel reflexionó que, de no haber sido encontrada por los Allende, quizás no habría
sobrevivido. Mamá decía que tenía neumonía y daño hepático, y para alguien tan pequeña, soportar tanto dolor… Recuerdos agridulces.
Se aferró al brazo de Esteban, frotándose contra él.
-¿Era difícil cuidarme cuando era niña?
Esteban asintió sin dudar.
-Sí, un médico incluso dijo que probablemente no vivirías más allá de los cinco años.
¿No vivir más de cinco años? Mamá nunca mencionó eso. Pero si Esteban lo decía, debía ser cierto. Se aferró a él con más fuerza.
Él bajó la mirada, encontrándose con sus ojos húmedos, y volvió a pellizcarle la nariz.
-Pero mírate ahora, aquí estás, vivita y coleando.
Isabel comprendió que sin los Allende, conociendo cómo eran los Galindo, quizás no habría llegado a esta edad. Ahora gozaba de buena salud. Desde que tenía memoria, rara vez enfermaba. Claramente, los Allende habían invertido un gran esfuerzo en su bienestar.
-Y además…
-¿Qué más? ¿Algo peor todavía?
-De ahora en adelante, no puedes llamarme hermano -sentenció Esteban.
Claro, ya no debería llamarlo hermano.
-Lo sé -respondió ella con dulzura.
Después de terminar en el baño, bajaron las escaleras y escucharon a Charlotte Blanchet conversando con el mayordomo.
-Entonces, ¿cómo envío este mensaje? -preguntaba el mayordomo.
“¿Qué mensaje?”
Charlotte meditó un instante y respondió:
-Envía: “Por fin mi nuera querida ha madurado“, y te mandaré la foto para que la adjuntes.
16.04