Capítulo 6
La pantalla del celular de Isabel parpadeaba sin cesar, iluminando el rostro preocupado de Paulina. El constante zumbido de las notificaciones rompía el silencio del restaurante, atrayendo miradas indiscretas de las mesas vecinas.
Paulina observó cómo su amiga ignoraba cada llamada, su mandíbula tensa revelando la frustración contenida que se acumulaba con cada nuevo intento.
-Ya mejor apágalo de una vez -sugirió Paulina, moviendo su copa de vino entre los dedos-. Total, ni bloqueando los números funciona.
Isabel sabía perfectamente quién estaba detrás de esa lluvia incesante de llamadas: Carmen Ruiz, usando los teléfonos de toda la servidumbre de la mansión en su desesperado intento por alcanzarla. Con un suspiro de hastío, finalmente cedió al consejo de su amiga y apagó el aparato. Pero el castigo de Carmen no se hizo esperar.
Al momento de pagar la cuenta, Isabel intentó usar su tarjeta. La pantalla de la terminal mostró un mensaje que, aunque esperado, no dejaba de ser humillante: “Tu tarjeta bancaria ha sido desactivada, por favor elige otro método de pago.”
Era la misma tarjeta que Carmen había insistido en darle años atrás, cuando Isabel había regresado al redil de los Galindo. Una tarjeta que ahora, como tantas otras cosas en su vida, se revelaba como lo que realmente era: otro instrumento de control.
Los ojos de Paulina se entrecerraron al ver el mensaje.
-¿Qué significa esto?
Isabel se mordió el labio inferior, conteniendo una sonrisa amarga.
-Desactivaron la tarjeta.
-¿Por Iris? -La indignación hizo que Paulina casi tirara su copa-. ¿Qué clase de familia hace esto?
El disgusto en el rostro de Paulina era evidente. La idea de que los Galindo pudieran desactivar la tarjeta de su propia hija por defender a una adoptiva le revolvía el estómago.
Isabel se encogió de hombros con una indiferencia que no llegaba a sus ojos.
-No es la primera vez.
-Yo me encargo -Paulina ya estaba sacando su celular del bolso.
-No, tengo dinero -protestó Isabel, pero su amiga ya había completado el pago.
Ya en el auto, Paulina se giró hacia ella con determinación.
-Te voy a transferir doscientos mil pesos. No dejes que te intimiden así.
Isabel sintió una calidez expandirse en su pecho ante la lealtad de su amiga.
03:30
-No hace falta, de verdad tengo dinero.
-¿Cómo vas a tener dinero si ni estás trabajando? -Paulina golpeó el volante con frustración-. Esa bola de… -se contuvo- los Galindo son unos desgraciados.
-Te digo que tengo dinero -insistió Isabel-. Es una historia larga.
El asunto del dinero era más complejo de lo que parecía. Si bien había estado junto a Sebastián estos últimos dos años, eso no significaba que dependiera económicamente de él o de los
Galindo.
-Está bien, tienes dinero -concedió Paulina con escepticismo-, pero de todos modos acepta estos doscientos mil.
En su mente, era imposible que alguien que había estado orbitando alrededor de un hombre por dos años, viviendo de lo que le daba la familia Galindo, tuviera recursos propios.
-¡De verdad no hace falta! -protestó Isabel nuevamente.
-No es eso, lo que quiero decir es…
Ante la incredulidad persistente de su amiga, Isabel optó por una demostración práctica. La llevó de compras por el centro comercial, adquiriendo artículos por varios cientos de miles de
pesos.
Finalmente, la incredulidad de Paulina se transformó en curiosidad al ver la tarjeta negra que
Isabel usaba con tanta naturalidad.
-¿Y esa tarjeta negra? -Sus ojos brillaron con interés-. ¿Quién te la dio? ¿Sebastián?
Isabel contempló la tarjeta que había sacado en un momento de necesidad. Una sombra de melancolía cruzó su mirada.
-¿Él? -Una risa seca escapó de sus labios. Imposible.
La tarjeta negra de Sebastián jamás sería para ella. No después de todo.
-Entonces, ¿quién? -insistió Paulina-. ¿Conoces a algún otro magnate?
Al recordar al verdadero dueño de la tarjeta, una suavidad inesperada suavizó los rasgos de Isabel. Sin embargo, optó por el silencio.
-Vámonos -fue su única respuesta mientras recogía las bolsas.
…
El regreso a los Apartamentos Petit le reservaba una desagradable sorpresa. Sebastián bloqueaba la entrada, su postura rígida delatando las dos horas de espera. Su rostro estaba tenso por la irritación mientras consultaba su reloj por enésima vez.
-¿Por qué apagaste tu teléfono?
Isabel ni siquiera lo miró mientras respondía con desprecio:
03:30
Capítulo 6
-Demasiado ruidoso.
No recordaba haber recibido tantas llamadas en el último mes, pero hoy, por Iris, su celular casi había explotado. Sacó sus llaves para abrir la puerta, pero Sebastián fue más rápido,
atrapando su muñeca en un agarre firme.
-¡lsabel!
Ella le dedicó una mirada gélida.
-Tu verdadero amor está solo en el hospital, qué triste.
La mención del “verdadero amor” encendió la furia en los ojos de Sebastián.
-Necesitamos hablar.
-No es necesario–cortó Isabel.
Con un movimiento brusco se liberó de su agarre, abrió la puerta e intentó cerrarla tras de sí. Pero Sebastián fue rápido, bloqueando la puerta con su brazo.
Cuando intentó entrar, el pie de Isabel se dirigió certeramente hacia su punto más vulnerable.
-¡Mujer! -gruñó Sebastián entre dientes, esquivando el golpe y retirando su brazo.
Isabel aprovechó ese momento para intentar cerrar la puerta nuevamente, pero Sebastián fue más rápido. Agarró la puerta antes de que se cerrara por completo y se coló dentro.
-Te sugiero que te vayas ahora mismo -advirtió Isabel, su voz cargada de amenaza.
-¿Cómo te atreves? -La indignación de Sebastián era palpable mientras la observaba, buscando en vano algún rastro de la mujer dócil que creía conocer.