Capítulo 603
En la sala de descanso.
Cuando Esteban llegó con Isabel, encontraron al viejo señor contemplando con evidente satisfacción la jarra de bebidas que Isabel le había traído. La expresión en su rostro revelaba un orgullo apenas contenido mientras sus dedos recorrían delicadamente los contornos del objeto. Isabel cruzó miradas con Esteban de manera instintiva, y él respondió con una sonrisa cómplice.
-Orgulloso–murmuró Esteban entre dientes.
Hace apenas unos minutos, Isabel había comentado por teléfono que el viejo señor parecía descontento con el regalo. Sin embargo, aquella cara distaba mucho de mostrar insatisfacción.
Esteban carraspeó un par de veces, provocando que el viejo señor regresara bruscamente a la realidad. Al percatarse de la presencia de Isabel, su semblante cambió instantáneamente a una expresión severa mientras dejaba la jarra a un lado con fingida indiferencia.
-No vayas a creer que con traerme este detallito voy a olvidar que desapareciste tres años.
-Tres años, ¿crees que es algo que se perdona así nomás?
Isabel formó un puchero con sus labios y respondió con voz dolida:
-Pero si hace rato dijiste que ya estaba todo bien.
Hace un momento todo parecía resuelto, ¿por qué ahora se comportaba tan orgulloso?
-Hum, eso lo dije para que tu abuela no se sintiera mal, pero yo todavía no te perdono.
-¿Y si te compro otra jarra? ¿Una más grande?
Si una no bastaba, entonces serían dos.
-¡Hum! -el viejito gruñó y les dio la espalda teatralmente.
Isabel, al ver su reacción, extendió tres dedos frente a él.
-¿Tres entonces? No puedo más que eso.
Nunca le había comprado tantos regalos a alguien de una sola vez, excepto a Esteban. Desde siempre, cada vez que veía algo que le quedaba bien, sentía el impulso irresistible de adquirirlo para él.
-Ahora mismo -sentenció el viejito sin voltearse.
Isabel sonrió y asintió de inmediato:
-Está bien, lo compraré ahora.
Ya había agregado al vendedor en su chat para solicitar más unidades del mismo modelo.
18:10
Capitulo 603
El viejito no pudo disimular su satisfacción.
Al mediodía, tras almorzar en el Castillo de los Blanchet, se marcharon pasadas las dos. Aunque la abuelita mostraba un trato diferenciado entre Isabel y Vanesa, se comportaba genuinamente afectuosa con Isabel, obsequiándole numerosos presentes al momento de la despedida.
En el coche.
Vanesa, acomodada en el asiento delantero, revisaba su celular con expresión de asombro.
-Vaya, sin duda mamá puede con todo.
-¿A qué te refieres? -preguntó Isabel.
-A lo tuyo con el hermano. Al principio me preocupaba que la gente hablara mal de ustedes por estar juntos, pero mamá ya lo solucionó todo.
-iii!!!
¿Hablar mal…?
Antes de volver de Puerto San Rafael, también había sentido esa inquietud, pero al ver la actitud de mamá y la abuela, sus preocupaciones se disiparon. ¿Qué importancia tenían los rumores externos? Solo le interesaba la opinión de quienes realmente valoraba. Si mamá y la abuela se hubieran opuesto, eso sí la habría lastimado profundamente.
Al escuchar que mamá había resuelto la situación, Isabel preguntó con curiosidad:
-¿Cómo lo solucionó?
-¿No escuchaste lo que dijo esta mañana?
Esteban acarició suavemente su cabello.
Al mencionar la mañana, Isabel recordó el momento en que bajó las escaleras y encontró a mamá hablando por teléfono, diciendo algo como: “Finalmente, la nuera que crie ha crecido…”
Esa era la estrategia de mamá; al difundir semejante mensaje, ¿quién se atrevería a criticar a Isabel?
Isabel se sintió profundamente conmovida y se acurrucó más contra el pecho de Esteban. Él
acarició su rostro con ternura.
-¿Qué pasa? ¿Te sientes conmovida?
-Sí.
Verdaderamente lo estaba.
En Puerto San Rafael, la familia Galindo le había mostrado la frialdad de un vínculo sanguíneo, esa sensación contradictoria de ser familia sin experimentarlo realmente. En cambio, tanto los Allende como los Blanchet le habían brindado una calidez incondicional. Esta era
probablemente la razón por la cual, tras llegar a Puerto San Rafael, nunca llamó “mamá” a
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Capítulo 603
Carmen Ruiz ni “hermano” a Valerio Galindo.
¿Qué papá, mamá o hermano? Esos títulos pertenecían a Esteban y a su madre. A los Galindo, simplemente no los quería.
-Bzzzzz–el teléfono de Vanesa comenzó a vibrar insistentemente. Al contestar, dijo:
-¿Bueno?
-Señorita Allende, soy yo.
La voz de Youssef resonó desde el otro lado de la línea.
Vanesa instintivamente quiso colgar; debía seguir el consejo de su hermano y evitar cualquier contacto con la gente de Dan. Sin embargo, su interlocutor pareció anticipar su intención.
-Nuestro jefe acaba de recibir otra golpiza -añadió rápidamente.
-¡¡¡!!!
Isabel y Esteban intercambiaron miradas de desconcierto.
La expresión “otra golpiza” fue pronunciada con tal indignación que resultaba imposible ignorar la gravedad del asunto.
Vanesa torció los labios con fastidio:
-¿Y qué? ¿Otra vez quieren que yo pague? Pues que les quede claro, si alguien más le partió la cara, yo no tengo nada que ver.