Capítulo 62
Los segundos se deslizaban como arena entre los dedos de Ander mientras su mente girabal sin descanso. El silencio de Isabel, ese silencio que lo estaba volviendo loco, pesaba sobre sus
hombros como una losa.
Camila, sentada en el elegante sofá de cuero de la oficina, observaba con una mezcla de fastidio y confusión cómo Ander revisaba su celular por enésima vez. Un mechón de cabello. caía sobre su rostro mientras jugaba distraídamente con el borde de su falda, un gesto que delataba su creciente inquietud.
-¿Para qué tanta urgencia de encontrarla? -preguntó, arqueando una ceja con desprecio.
La mandíbula de Ander se tensó visiblemente. Sus nudillos se tornaron blancos mientras
apretaba el celular, conteniendo apenas la furia que amenazaba con desbordarse.
-¿Todavía lo preguntas? Tú provocaste todo esto. ¿No crees que es hora de arreglarlo?
El ambiente en la oficina se volvió denso, casi irrespirable. Camila se movió incómoda en su asiento, pero su orgullo pudo más que su sentido común.
-No me digas que pretendes que vaya a disculparme con ella soltó con una risa seca y artificial.
La mirada gélida de Ander fue suficiente respuesta. No era una sugerencia; era una orden. Por eso había enviado a Susana a rastrear a Isabel, una decisión que Camila consideraba ridícula y
humillante.
“Después de cómo me trató por teléfono, ¿quién sabe qué más es capaz de hacer si me ve en persona?“, pensó Camila, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.
El sonido de tacones sobre el mármol anunció el regreso de Susana. Su eficiencia era legendaria; no por nada llevaba cinco años como la mano derecha de Ander. Entró a la oficina con paso seguro, su tablet en mano y una expresión profesional en el rostro.
-Señor Vázquez, la señorita Allende se encuentra en el piso 26 de Torre Orión.
Ander frunció el ceño, sus ojos oscuros reflejando una mezcla de confusión y sospecha.
-¿Torre Orión? ¿Qué hace ahí?
-¿Qué va a estar haciendo? -intervino Camila con veneno en la voz-. Seguramente anda buscando trabajo. Ahora que la familia Galindo la dejó sin un peso, tiene que rebajarse a buscar cualquier cosa.
-¡Como si Isabel fuera del tipo que se conforma con migajas! -espetó Ander.
La sonrisa maliciosa de Camila se ensanchó. Cualquier oportunidad era buena para denigrar a Isabel, especialmente ahora que la tenía contra las cuerdas. No entendía la obsesión de Ander por obligarla a disculparse con alguien como ella.
Ander se quedó en silencio un momento, su mente trabajando a toda velocidad. Algo no
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cuadraba. Isabel, la mujer que había sido capaz de enfrentarse a Esteban Allende, ¿necesitaría realmente buscar trabajo de esa manera?
-Vamos -ordenó secamente, dirigiéndose hacia la puerta sin dignarse a mirar a Camila.
-¿De verdad me vas a obligar a disculparme con ella? -La voz de Camila tembló ligeramente.
Ander se detuvo en seco. Sin voltear, su voz salió como un látigo en el aire.
-¿Prefieres ser expulsada de la familia Vázquez?
El silencio de Camila fue más elocuente que cualquier respuesta. Sus ojos se abrieron con horror ante la amenaza. ¿Realmente el asunto era tan serio? La actitud implacable de Ander no dejaba lugar a dudas.
En la habitación del hospital, el aire acondicionado zumbaba suavemente, creando un contraste cruel con la tormenta que se desataba en el interior de Carmen. Sus tacones resonaban contra el piso mientras caminaba de un lado a otro, la furia emanando de cada uno de sus movimientos.
-Quiero que la bloqueen en todas las empresas -ordenó, su voz temblando de rabia-. Vamos a ver hasta dónde puede llegar sin apoyo.
La amabilidad había sido un error. Isabel había respondido a su generosidad con desprecio, y Carmen no estaba dispuesta a tolerarlo más. Quería cerrarle todas las puertas, asfixiarla económicamente hasta que no tuviera más remedio que doblegarse.
Valerio asintió desde su posición junto a la ventana.
-Ya está todo arreglado, madre.
Desde la cama de hospital, Iris observaba la escena con fingida preocupación. Su rostro pálido y demacrado contrastaba con el brillo malicioso de sus ojos mientras tiraba suavemente de la manga de Carmen.
-Mamá, no hagas esto por mí -suplicó con voz débil-. Solo conseguirás que me odie más.
Pero mientras pronunciaba esas palabras, una sonrisa apenas contenida bailaba en las comisuras de sus labios. Saber que habían bloqueado las tarjetas de Isabel y que le estaban cerrando todas las puertas laborales le producía un placer casi físico. Era cuestión de tiempo antes de que esa orgullosa se viera obligada a llamar a Andrea y Mathieu suplicando ayuda.
Carmen apartó un mechón de cabello del rostro de Iris con ternura maternal.
-No la defiendas más -respondió con firmeza-. Que nos odie si quiere. Si no entiende por las buenas, no solo tú estarás en su lista negra, hasta yo lo estaré.
Sus ojos se oscurecieron al pensar en Isabel.
-Esa malagradecida… Después de todos estos años tratándola como a una hija, ¿así es como me paga?
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Para Carmen, Isabel era como un témpano de hielo: frío, impenetrable, incapaz de sentir el más mínimo agradecimiento por el calor que le habían brindado.
-Pero… -intentó protestar Iris, su voz quebrándose estratégicamente.
-Iris, mamá tiene razón -intervino Valerio, acercándose a la cama-. No la defiendas más.
Sus ojos se endurecieron al continuar:
-Si no la presionamos así, ¿cuándo crees que Mathieu y Andrea se unirán a tu tratamiento?
En su mente, todo era culpa de Isabel y su terquedad. Las medidas drásticas eran solo una consecuencia natural de su intransigencia.