Capítulo 64
Isabel levantó la vista con estudiada lentitud, sus ojos se posaron sobre Camila. Una sonrisa apenas perceptible jugaba en las comisuras de sus labios, el tipo de sonrisa que solía reservar para sus enemigos más despreciables.
-¿En serio? -Las palabras salieron teñidas de ironía.
Ander asintió con firmeza, sus hombros tensos delatando su creciente irritación.
-Así es.
Camila permanecía inmóvil, como una estatua de indecisión y orgullo herido. Ander, perdiendo la paciencia ante la falta de reacción de su hermana, le propinó una patada súbita que la hizo trastabillar.
El golpe tomó a Camila por sorpresa. Sus tacones resbalaron sobre el piso pulido y cayó sin gracia sobre la lujosa alfombra persa. Al levantar la mirada, sus ojos se encontraron con los de Isabel, quien la observaba desde su posición elevada tras el escritorio ejecutivo. La vergüenza le quemó las mejillas como ácido. Ahí estaba ella, humillada frente a la mujer que tantas veces había menospreciado.
-¿Qué te pasa, hermano? -La voz de Camila tembló de indignación mientras le lanzaba una
mirada furiosa a Ander.
La respuesta de su hermano fue una mirada gélida que la hizo encogerse. La realidad de su situación la golpeó como un balde de agua fría, recordándole el motivo de su presencia ahí. Su respiración se volvió errática mientras observaba a Isabel, quien la miraba con ese aire de superioridad que tanto detestaba.
La imagen era insoportablemente clara: Isabel, sentada con elegancia en su sillón ejecutivo de cuero italiano, emanaba un aura de poder y control que hacía que todas las burlas pasadas de Camila parecieran patéticas e infantiles.
“¿Realmente es la dueña de todo esto?“, el pensamiento martilleaba en su cabeza mientras se levantaba torpemente, su orgullo tan magullado como sus rodillas.
-Oye, Isabel–comenzó Camila, la hostilidad apenas contenida en su voz-, ¿qué haces aquí? Te lo advierto, si estás fingiendo…
-Camila -La voz de Ander cortó el aire como un látigo, cargada de una advertencia que hizo que su hermana se estremeciera.
Camila apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas.
-Lo siento -masculló entre dientes, las palabras saliendo como si le quemaran la garganta.
-Más fuerte -ordenó Ander, su voz un gruñido bajo que prometía consecuencias.
El cuerpo entero de Camila se tensó. Tras una mirada rápida a Isabel, bajó la cabeza, la humillación pintada en cada línea de su rostro.
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Capitulo 64
-Lo siento -repitió, apenas más alto que antes.
“Ya está“, pensó Camila. “Me disculpé, esto debería terminar aquí.”
-¿No se te olvida algo? -La voz de Ander se había tornado más fría, si eso era posible.
El corazón de Camila dio un vuelco al recordar las instrucciones de su hermano antes de venir. No solo debía disculparse; tenía que conseguir el perdón de Isabel.
Frente a la mirada burlona de su antigua rival, Camila sintió que algo se retorcía en su interior. El orgullo y la rabia luchaban contra el miedo a las consecuencias.
Cerró los ojos con fuerza.
-¿Podrías perdonarme?
Las palabras salieron mecánicas, vacías. En su mente, Camila se consolaba pensando que Isabel tendría que ser razonable. Después de todo, Ander mismo había venido a mediar.
Sin embargo, Isabel dejó su vaso de agua sobre el escritorio con un movimiento deliberadamente lento. Ignorando por completo a Camila, arqueó una ceja mientras miraba a
Ander.
-Presidente Vázquez, parece que tu hermanita no entiende lo que es una disculpa sincera. ¿Tú crees que realmente quiere mi perdón?
-Tú… —El rostro de Camila se contorsionó de furia.
Isabel mantuvo su atención en Ander, como si Camila fuera invisible.
-¿No lo cree así, presidente?
Ander, con el rostro pétreo, clavó su mirada en su hermana.
-Esta es tu última oportunidad -Su voz destilaba peligro.
El corazón de Camila se hundió aún más. La humillación era completa. “Bien“, pensó con amargura. “Si tanto quiere humillarme, que lo haga. Ya veremos qué dice la familia Galindo cuando…”
El pensamiento se congeló a medio camino. Sus ojos recorrieron la oficina: los muebles de diseñador, el traje de alta costura que Isabel lucía con tanta naturalidad, la vista privilegiada de la ciudad a través de los ventanales.
La conclusión la golpeó como un puñetazo: las amenazas de la familia Galindo no significaban nada para Isabel. No necesitaba su dinero.
No necesitaba nada de ellos.