Capítulo 644
-¡Yeray podría arrancarle hasta los tendones!
Vanesa chasqueó la lengua, su rostro contraído en un gesto de indignación apenas contenida mientras sostenía el teléfono.
-¿Sigues en el hospital? -preguntó con desdén.
-¿Para qué quieres saber?
-Si estás ahí, mejor pídele a alguien que busque al neurólogo. Seguro todavía anda por los pasillos.
-De verdad creo que tienes un problema grave en la cabeza. Cualquiera con un mínimo de sentido común no diría semejante tontería.
Dan apretó los dientes al otro lado de la línea y gruñó con furia apenas contenida:
-¡Vanesa!
-¡Grita todo lo que quieras, a ver si así llamas a tu papá! Ya vete a checar esa cabeza, quizá necesites internarte en psiquiatría. Con ese cerebro que tienes, el problema no es cualquier
cosa.
Vanesa colgó de inmediato y miró a Lorenzo, quien permanecía de pie a su lado con expresión impasible.
-¿Mi hermano te pidió que investigaras a este tipo, verdad? -inquirió ella, consciente de que Esteban siempre se adelantaba a los acontecimientos.
Lorenzo asintió con un movimiento preciso.
-Sí.
-¿Entonces su amnesia es real? -preguntó Vanesa, incapaz de creer que Dan hubiera perdido
realmente la memoria.
Lorenzo dudó un instante antes de responder, su rostro revelando una sombra de incertidumbre ante la pregunta sobre la condición de Dan.
-La amnesia del señor Ward es auténtica. Pero después de salir de París, hubo seis meses en los que desapareció completamente del radar.
-¿Seis meses sin dejar rastro?
Lorenzo confirmó con un gesto.
-Exacto. Durante esos seis meses de desaparición, nunca pudimos determinar su paradero. Al principio circularon rumores de que había estado en Monterrey, pero resultó ser información
falsa. Nadie sabe con certeza dónde estuvo Dan durante ese periodo. Todo el asunto sugiere
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que su aparición en su vida no fue casual ni espontánea.
Vanesa quedó sumida en sus pensamientos. ¿Desaparecido por medio año tras dejar París? Aquello resultaba…
Tras unos momentos de reflexión, dirigió a Lorenzo una mirada penetrante.
-¿Y su muerte?
Desaparecido durante seis meses ya sugería algo turbio, pero ¿qué había ocurrido realmente con aquel supuesto fallecimiento?
-Según nuestros informes -explicó Lorenzo con precisión clínica-, el señor Ward ingirió un ármaco para simular la muerte. Si lo tomó voluntariamente o alguien se lo administró, eso permanece en el terreno de la especulación.
La revelación impactó a Vanesa como una bofetada. ¿Simular la muerte? ¿Un medicamento?
¡Maldita sea!”
Las palabras “medicamento para simular la muerte” desataron en ella una furia visceral que le subió por la garganta como bilis.
-¡Seguro lo tomó por decisión propia! Si no hubiera querido, ¿quién podría obligarlo? -exclamó, la indignación tiñendo cada sílaba-. Ese desgraciado es un verdadero cínico.
Analizando los hechos bajo esta nueva luz, resultaba evidente que cuando se acercó a ella lo nizo con un propósito calculado.
-¡Un malnacido que juega con los sentimientos!
Su furia crecía con cada recuerdo, y los insultos brotaban de sus labios con renovada
ntensidad.
Lorenzo se sobresaltó ligeramente al escuchar aquella expresión tan contundente.
-Ejem, ejem -carraspeó discretamente.
Vanesa, consumida por su indignación, no percibió la incomodidad del hombre.
-¿Cómo no me di cuenta de que ese malnacido tenía tantas artimañas escondidas? -continuó, cada palabra alimentando su rabia-. Mira qué bien fingía entonces, superando incluso a las manipuladoras más expertas. ¡Es increíble que yo, Vanesa, haya caído en las trampas de un desgraciado!
A medida que hablaba, su exaltación aumentaba exponencialmente.
Lorenzo permanecía en silencio ante aquella cascada de “malnacido, manipulador, desgraciado…“, reflexionando que, como hombres, era fundamental mantener un buen comportamiento, o podrían acabar siendo blanco de insultos que trascendían incluso las barreras del género.
Isabel emergió de la habitación justo cuando Vanesa despotricaba contra Dan. Últimamente,
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cada oportunidad era propicia para insultar tanto a Yeray como a Dan, quienes representaban para ella la quintaesencia de lo despreciable.
Al percatarse de la presencia de Isabel, Vanesa moderó su exaltación.
-¿Por qué vienes sola? ¿Dónde está mi hermano?
-Tiene algunos asuntos que tratar en privado con el señor Masson -respondió Isabel con serena docilidad.
Al escuchar sobre aquellos asuntos pendientes, Vanesa tomó la mano de Isabel con determinación.
-Ven, busquemos un lugar para descansar. No tiene caso quedarnos aquí paradas.
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