Capítulo 71
El auto de Esteban se detuvo frente a la imponente Torre Orión, sus ventanales reflejando el sol de la tarde como espejos líquidos. Isabel podía sentir aún el calor de su cercanía, la confusión
arremolinándose en su interior.
Los ojos de Esteban la estudiaron con esa mezcla única de autoridad y ternura que solo él poseía.
-Lorenzo pasará por ti en la noche. No te vayas a ir sin comer algo, ¿eh?
Isabel jugueteó con un mechón de su cabello, un gesto inconsciente que solo surgía en presencia de su hermano.
-Quiero cenar con Paulina…
-Está bien. Lorenzo las puede llevar al restaurante.
La ilusión brilló en los ojos de Isabel por un momento.
-Es que… queríamos ir por barbacoa.
Un silencio tenso se instaló entre ellos. Isabel conocía esa mirada de Esteban, la que decía “ni lo sueñes” sin necesidad de palabras.
Los hombros de Isabel se hundieron ligeramente.
-Bueno, ya qué…
Su voz salió más suave de lo que pretendía, traicionando su decepción por no poder disfrutar de su antojo. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en los labios de Esteban mientras le hacía una seña a Lorenzo para que arrancara.
Isabel permaneció de pie frente al edificio, el rubor aún pintando sus mejillas. No notó a Marina acercándose hasta que su voz la sobresaltó.
-¡Jefa!
Isabel dio un pequeño brinco, retrocediendo instintivamente.
-¿Qué haces?
Marina se inclinó para examinar su rostro con genuina curiosidad.
-Tiene la cara más roja que un tomate. ¿Está enamorada o qué?
El comentario golpeó a Isabel como un balde de agua fría. Durante su compromiso con Sebastián, había sido el secreto a voces del estudio: todos sabían de su obsesión por Iris, todos la miraban con lástima, imaginando el infierno que sería su matrimonio. Pero jamás habían entendido que ella nunca tuvo intención de llegar al altar.
Isabel alzó una ceja, su gesto característico de desprecio.
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Capitulo 71
-¿Enamorada? No digas tonterías.
“Es mi hermano“, pensó, mientras un nudo se formaba en su garganta. “El hombre que me crio…”
-Ahora que estás soltera, ¿qué tiene de malo?
Isabel guardó silencio. La pregunta tenía lógica, pero la respuesta era demasiado complicada, demasiado dolorosa para articularla. Un destello de algo indefinible cruzó su mirada, pero Marina no alcanzó a descifrarlo.
…
La tarde transcurrió en un torbellino de actividad. El estudio bullía con la energía característica de los días ocupados. Isabel se movía de una llamada a otra, atendiendo clientes importantes, su mente agradecida por la distracción del trabajo.
Pero conforme el sol comenzaba a ocultarse, las llamadas personales empezaron a llegar, como buitres esperando el momento preciso.
El nombre de Sebastián apareció en la pantalla…
-Isabel, dime de una buena vez, ¿quién es ese tipo?
Su voz sonaba enérgica, casi recuperada. “Qué rápido sana el orgullo masculino“, pensó Isabel
con sarcasmo.
-¿Y para qué quieres saber? -respondió, su tono destilando desprecio.
-¡Le voy a partir su madre!
La furia en su voz era palpable. El moretón de los Apartamentos Petit apenas comenzaba a desvanecerse y ahora tenía la muñeca rota. Su ego herido clamaba venganza.
Una risa burlona escapó de los labios de Isabel.
-Mira qué valiente me saliste. Si tantas agallas tienes, averigualo tú solo. ¿O qué? ¿Necesitas que te haga el trabajo sucio?
-¡ISABEL!
El rugido de Sebastián solo provocó que su sonrisa se ensanchara. Era obvio que José Alejandro no había podido conseguir información. “Patético“, pensó.
-Estás pero si bien zafado.
Colgó sin más y bloqueó el número, preguntándose por qué no lo había hecho antes.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez era Carmen.
-¿Qué está pasando con tu estudio? ¿Cuántas cosas más me estás escondiendo?
Isabel rodó los ojos, el fastidio tensando cada músculo de su rostro.
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Capitulo 71
-¿Escondiendo? ¿Y para qué me molestaría en hacer eso?
Su tono dejaba claro que los Galindo no merecían ni siquiera el esfuerzo de ocultarles algo.
-¡¿Cómo que para qué?! ¡Soy tu madre!
-Con tener a Valerio y a Iris de parásitos diciéndote “mamá” ya tienes suficiente. No me metas
en el mismo costal.
La implicación era clara como el cristal: cualquiera que la llamara madre estaba destinado al fracaso. Isabel casi podía visualizar a Carmen ahogándose en su propia bilis.
Últimamente, cada conversación parecía un paso más hacia la ruptura total. Carmen por fin empezaba a entender: el dinero que Isabel había generado el año anterior le había dado alas. De ahí venía tanta “arrogancia“.
-¿Dónde estás? Voy para allá ahora mismo.
Isabel se masajeó las sienes, el cansancio mezclándose con la irritación.
-Mejor ve a cuidar a tu enfermita. No tengo tiempo para tus dramas.
Estaba ocupada construyendo su imperio. No podía desperdiciar su tiempo en melodramas
familiares.
Cortó la llamada sin ceremonia, mordiéndose el labio con frustración. “Debí haber conseguido dos celulares desde el principio“, pensó. “Uno para el trabajo y otro personal“. Así no tendría que estar filtrando llamadas, temiendo perder algún cliente importante entre tanto número
desconocido.