Capítulo 74
Isabel observó a Carmen con una mezcla de desprecio y cansancio. Siempre era lo mismo: llegaban pretendiendo ser familia, esgrimiendo una autoridad que nunca habían ganado, intentando controlar su vida como si tuvieran algún derecho.
La furia de Carmen ante el desafío de Isabel era casi palpable. Sus palabras “¿Acaso alguna vez admití que eras mi madre?” habían golpeado directo en su orgullo, haciéndola temblar de
rabia.
Isabel arqueó una ceja, su gesto característico de desprecio.
-¿Me vas a venir a cuestionar? ¿Con qué derecho?
Los nudillos de Carmen se tornaron blancos de tanto apretar los puños.
-¡Aunque no lo quieras admitir, soy tu madre!
Sin inmutarse, Isabel tomó su celular y marcó. La familiaridad en su voz al contestar la
llamada fue como una bofetada para Carmen.
-¿Paulina? Necesito que saques un comunicado aclarando que no soy hija de la familia
Galindo.
Sus ojos, fijos en Carmen, brillaban con determinación.
-En un momento te mando los resultados del ADN para que los incluyas.
-¡Te volviste loca!
Carmen se abalanzó sobre ella, arrebatándole el teléfono y cortando la llamada. Sus manos
temblaban de manera incontrolable.
-¿Cómo te atreves a querer cortar lazos con nosotros? ¿Te volviste loca o qué?
Isabel recuperó su celular con un movimiento fluido.
-¿Cortar lazos con ustedes? Es lo más normal del mundo.
-Tú… tú… ¡malagradecida!
Una risa burlona, casi cruel, escapó de los labios de Isabel.
-¿Malagradecida? ¡No me hagas reír! Y aunque tuviera algo que agradecer, ¿crees que sería a ti? ¿Quién te has creído?
Cada palabra de Isabel era como un clavo más en el ataúd de su relación.
La rabia hacía temblar a Carmen, que tuvo que sostenerse del escritorio para no desplomarse.
-¡Casi me muero cuando te tuve! ¡Perdí tanta sangre! ¿Y así me pagas?
-¿Ahora me vas a chantajear con eso?
Capitulo 74
La indignación teñía cada palabra de Isabel. “Como si no fuera suficiente con las amenazas y presiones, ahora también recurre al chantaje emocional“.
-Pero cuando me trajiste de regreso, ya le habías devuelto todo a Iris, ¿no? Y a mí casi me matan. ¿O ya se te olvidó?
El recuerdo del accidente la golpeó con fuerza. La sangre manando de su cabeza, la inconsciencia, la muerte rozándola con sus dedos fríos.
-Los doctores me salvaron la vida. Tú, ¿qué? ¿Estuviste un mes en el hospital? Yo estuve dos, ¡el doble!
-¡No es lo mismo! ¡Yo te di la vida! No puedes simplemente cortar lazos así.
-Ah, ¿no se puede cortar lazos? ¿Qué tal si mejor los corta Iris?
-¡Ni se te ocurra!
El nombre de Iris encendió una chispa de furia en los ojos de Carmen. El recuerdo de aquella promesa pesaba en su consciencia: pasara lo que pasara, Iris seguiría siendo su hija.
-Ese accidente no fue su culpa. No la metas en esto.
Isabel sintió cómo algo se rompía dentro de ella. Incluso ahora, después de todo, Carmen seguía defendiendo a Iris.
-Ni esto ni aquello se puede cortar… qué conveniente, ¿no?
-Si te atreves a publicar ese comunicado, me encargaré de desmentirte. Si no quieres quedar en ridículo, mejor ni lo intentes.
-¿Me estás amenazando?
La risa de Isabel resonó por la oficina. “Parece que esta gente nunca aprende“.
-Mantener a la hija de la nana que cambió a tu hija… eso es una cosa.
Sus ojos se clavaron en Carmen como dagas.
-¿Pero amenazar a la hija que ‘tanto trabajo‘ te costó recuperar por defender a la hija de la nana? Señora Galindo, ¿tiene algún problema mental o qué?
El veneno en su voz era palpable.
“¿Qué persona en su sano juicio no odiaría a la nana que cambió a su hijo? Esta familia Galindo… son un caso de estudio“.