Capítulo 99
Carmen sintió que el corazón se le hacía pedazos al ver a Sebastián. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, reflejaban el peso de la preocupación que la consumía. Sus manos temblaban ligeramente mientras se acercaba a él.
-Mi niña está sufriendo tanto, Sebas…
El equipo médico que atendía a Iris había sido sustituido por especialistas de primer nivel, todos ellos elegidos personalmente por Sebastián. La noticia se había esparcido como pólvora entre el personal del hospital: los renombrados Andrea y Mathieu habían sido removidos del
caso.
Carmen se aferraba a la esperanza de que, si ambos doctores volvían al tratamiento de Iris, podrían no solo mejorar su condición, sino también hacer más llevadero su sufrimiento. Cada gemido de dolor de su hija era como una daga que se le clavaba en el alma, alimentando su obsesión por conseguir que Mathieu y Andrea regresaran.
Sebastián apretó la mandíbula y frunció el ceño. Sus dedos tamborilearon nerviosamente sobre el escritorio mientras evitaba la mirada suplicante de Carmen.
-Lo sé–murmuró con un dejo de impotencia en la voz.
“Con tantas enfermedades, ¿cómo no va a sufrir?“, pensó, mientras un nudo se le formaba en la
garganta.
Carmen se acercó más a él, la desesperación marcada en cada una de sus facciones.
-Mathieu y Andrea tienen que volver a su tratamiento, Sebas. Me aterra que mi niña no pueda soportar tanto dolor.
Sus palabras salieron entrecortadas por el llanto contenido. La imagen de Iris retorciéndose de dolor la perseguía día y noche.
Sebastián se pasó una mano por el rostro, intentando mantener la compostura.
-Aunque volvieran, el plan de tratamiento no sería muy diferente -respondió, mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas.
Carmen negó frenéticamente con la cabeza, sus ojos brillando con determinación desesperada. -No, ellos son los mejores en su campo. Seguramente encontrarán una manera de aliviar su sufrimiento -hizo una pausa y su voz se llenó de amargura-. Sebas, por favor, haz algo, Isabel… esa desalmada ya ni siquiera me escucha.
Al escuchar el nombre de Isabel, los ojos de Sebastián se oscurecieron. Su mandíbula se tensó visiblemente y el cigarrillo quedó suspendido a medio camino de sus labios.
Carmen continuó hablando, pero sus palabras ya no llegaban a Sebastián. Su mente se había perdido en un torbellino de recuerdos y emociones contenidas.
Capitulo 99
-¿Sebas? ¿Me estás escuchando?
Tuvo que llamarlo varias veces antes de que él reaccionara. Carmen notó cómo sus nudillos se habían puesto blancos de tanto apretar los puños.
-Tenemos que encontrar la manera de traer de vuelta a Andrea y Mathieu -insistió Carmen, su voz quebrándose-. ¡Iris no puede soportar este tratamiento! ¡La está destrozando!
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras hablaba del sufrimiento de su hija.
Sebastián se puso de pie abruptamente, aplastando el cigarrillo en el cenicero.
-Entiendo. Iré a ver cómo está Iris.
-Sí, ve con ella -asintió Carmen, mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
Sebastián salió de la oficina con pasos pesados, y Carmen, después de un momento de vacilación, lo siguió, sin dejar de murmurar sus preocupaciones sobre los médicos.
Mientras tanto, en la habitación del hospital, Iris observaba con aprensión la pantalla de su celular donde parpadeaba un número desconocido. Su rostro, ya pálido por la enfermedad, pareció perder el poco color que le quedaba.
Se giró hacia la enfermera que le masajeaba las piernas.
-Puedes retirarte -murmuró con voz débil pero firme.
La enfermera asintió y salió en silencio, cerrando suavemente la puerta tras de sí.
Una vez sola, Iris respondió la llamada con mano temblorosa.
-¿Hola? -su voz apenas era un susurro.
-Soy yo.
La voz grave de un hombre de mediana edad resonó al otro lado de la línea. Habían pasado casi tres años desde el accidente, tres años en los que esa voz había permanecido en silencio. Iris sintió que el corazón se le detenía por un instante.
-¿Por qué me llamas? -preguntó, mientras su mano libre se aferraba a las sábanas con fuerza.
Todo había terminado aquella vez. El dinero había zanjado el asunto definitivamente… o eso. había creído ella. Un escalofrío le recorrió la espalda, presagiando lo peor.
La respuesta del hombre confirmó sus temores.
-Necesito dinero. Estoy corto de efectivo.
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