Capítulo 112-113
Al mediodía siguiente, Luciana se encontró con Martina para almorzar. Martina, furiosa, tenía el rostro casi morado, y su tenedor parecía a punto de perforar el plato.
-¡Es increíble! ¡Si no me lo contaras tú, no podría creer que existiera una familia tan asquerosa!
Luciana solo esbozó una sonrisa indiferente. Ya había pasado la etapa de mayor enojo; la vida
debía continuar.
-Por cierto, Luciana le advirtió-, es mejor que solo tú sepas esto. No le digas nada a
Vicente.
Martina frunció los labios, pero asintió. Sabía que Vicente era impulsivo y de carácter explosivo. Si se enteraba de las humillaciones que Luciana había sufrido, seguramente acabaría metiéndose en problemas. Y después de todo, la oportunidad de Luciana para continuar sus estudios ya estaba arruinada; no tenía sentido que Vicente se involucrara y complicara aún más
las cosas.
***
Esa noche, cuando volvió a la Casa Guzmán, Luciana se mantuvo ocupada hasta tarde, apresurándose para terminar una traducción. Aunque la fecha de entrega era en dos días, el editor en jefe le había pedido que fuera a verlo al día siguiente, y ese era su único día libre.
A la mañana siguiente, Luciana trabajó en su turno matutino. Terminó la cirugía temprano y, a eso de las cuatro de la tarde, fue a ver al editor.
-Luciana, siéntate. -El editor le sonrió amablemente y le sirvió un vaso de agua.
-Te pedí que vinieras para hablar sobre los tipos de proyectos que puedes asumir y, además, para pagarte por el trabajo que has hecho hasta ahora.
-Gracias.
Conversaron durante casi una hora. El editor estaba muy satisfecho con el trabajo de Luciana.
-Entonces, te encargaré más proyectos en el futuro.
Luciana sonrió, encantada.
-Gracias, editor.
-No hay de qué, -respondió el editor, devolviéndole la sonrisa—. Aunque te recomendaron, al principio tenía dudas sobre tu capacidad. Pero me has demostrado que no siempre se trata solo de relaciones personales.
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Luciana lo escuchaba, pero de repente se quedó atónita.
-¿Eh…? ¿Dijo que alguien me recomendó?
-Claro. -El editor también parecía sorprendido. ¿No lo sabías? Vaya, ¿acaso dije algo que no debía? Al parecer, esa persona quería hacerte un favor sin que lo supieras.
De repente, una corazonada cruzó por la mente de Luciana.
-¿Podría preguntarle… —Luciana tragó saliva, nerviosa—, ¿quién fue?
El editor suspiró. Ya que había hablado de más, decidió ser sincero.
-Bueno, ya lo he dicho. Fue Fernando Domínguez. Es muy buen amigo de nuestro jefe.
¡Fernando! El corazón de Luciana dio un vuelco, deteniéndose por un segundo.
-Gracias, editor. -Luciana se esforzó por mantener la calma, sonriendo levemente—. Es un buen amigo mío. Supongo que no quiso que me sintiera en deuda. Bueno, me retiro ahora.
-Ah, me alegra oír eso. Cuídate, que te vaya bien.
Al salir del edificio, Luciana se cubrió los ojos con la mano. Sentía una presión dolorosa en el pecho y una picazón amarga en los ojos. Pensó en esa bolsa llena de cartas que cruzaban fronteras, en todo lo que Fernando había hecho por ella en los últimos meses.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¡Fernando nunca la había abandonado!
Pero… ¿qué podía hacer ahora? En esos tres años en los que él la había amado, su mundo había estado vacío, sin saber nada de él.
***
A las cinco de la tarde, Fernando recibió una llamada de Luciana.
-Fernando, ¿estás ocupado?
-No, no lo estoy. -Fernando dejó el expediente que tenía en las manos y le hizo un gesto al secretario para que saliera de la oficina.
-Luci, ¿necesitas algo?
-Estoy abajo, en la entrada de tu oficina. ¿Tienes tiempo para tomar algo conmigo?
-¡Por supuesto! -Fernando no pudo ocultar su emoción. ¿Estás aquí? No te muevas, bajo en seguida.
-Está bien.
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Poco después, Fernando llegó corriendo, respirando agitado por la prisa.
-Luci. -Fernando inclinó la cabeza ligeramente hacia ella-. Cerca de aquí hay una cafetería que sirve unos postres muy buenos.
-Vamos ahí.
– Perfecto.
Ambos caminaron juntos, hombro a hombro. Detrás de ellos, una mujer elegante de mediana edad se detuvo abruptamente y se quitó las gafas de sol.
-Fernando… —Victoria murmuró, sorprendida. ¿Acaso estaba viendo mal? ¿Esa mujer caminando junto a su hijo… era Luciana? Sin perder un segundo, comenzó a seguirlos.
***
En la cafetería, Fernando pidió para Luciana un brownie y un jugo de naranja recién exprimido.
-¿Te parece bien?
-Sí, está bien. -Luciana asintió.
Por supuesto que estaba bien. Fernando recordaba perfectamente sus gustos.
-¿Te gusta?
Luciana comía en pequeños bocados y, con una suave sonrisa, respondió:
—Sí, está delicioso.
-Me alegra. Fernando bajó la cabeza y bebió un sorbo de agua.
De pronto, la pregunta de Luciana lo tomó por sorpresa:
-Fernando, ¿y tu novia? ¿Van bien las cosas entre ustedes?
Fernando levantó la cabeza bruscamente, paralizado, sin saber qué responder.
—Sí… Sí, todo va bien. ¿Por qué lo preguntas?
Luciana dejó la cuchara a un lado y lo miró en silencio durante unos segundos. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
-Fernando, no tienes ninguna novia, ¿verdad?
Después de tantos años juntos, Luciana lo conocía bien. Sabía que Fernando no era alguien que pudiera tener su mente dividida entre dos personas. Si aún pensaba en ella, jamás habría iniciado una relación con alguien más. Y además, nunca había sido bueno mintiendo.
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Al ser confrontado directamente por Luciana, Fernando se puso nervioso y preguntó:
-¿Cómo lo supiste?
Luciana no respondió. Para ella, esa pregunta no era importante. En cambio, tomó aire profundamente y lo miró a los ojos, esos ojos oscuros y profundos.
-Fernando, ya terminamos. Terminamos hace tres años. ¿Lo entiendes? 1
No importaba el motivo ni lo difícil que hubiera sido. ¡La realidad era que habían roto hacía tres años! Al ver las lágrimas acumulándose en los ojos de Luciana, Fernando, desesperado, rodeó la mesa y tomó sus manos.
-¡Luciana, mis sentimientos por ti no han cambiado! No importa si han pasado tres años, ni siquiera treinta cambiarán lo que siento por ti. 1
Luciana le creía. Y precisamente por eso, su corazón dolía aún más. Con la voz quebrada, casi sin poder hablar, le respondió:
-Fernando, piensa… ¿por qué terminamos?
Fernando respondió rápidamente:
-Lo sé, fue por mi mamá. ¡Pero ahora todo es diferente! Ya no dependo de mi familia, puedo mantenernos.
-No…
Luciana sintió un nudo en la garganta. Sus ojos, rojos de tanto contener las lágrimas –. Nada ha cambiado. Ella sigue siendo tu madre, y el problema que nos separó siempre estará ahí. No se puede resolver.
Luciana sabía que nunca podría pedirle a Fernando que rompiera con su familia por ella. Eso no era algo que podría hacer.
Se levantó.
-Fernando, no sigas desperdiciando tu tiempo conmigo. No podemos volver atrás.
Mordió su labio, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
-¡Luciana! -Fernando intentó seguirla, pero el camarero lo detuvo.
-Señor, aún no ha pagado.
***
Temerosa de que Fernando la alcanzara, Luciana salió corriendo. Al llegar a la calle, chocó de
frente con Victoria.
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Luciana se quedó paralizada. Después de tantos años, Victoria seguía igual que cuando la conoció, sin mostrar ni una pizca de envejecimiento.
-Señora Domínguez.
Victoria la miró con el rostro torcido, evidentemente disgustada.
-¿Aún sigues en contacto con Fernando? ¿Desde cuándo? ¿Qué es lo que pretendes?
Luciana esbozó una sonrisa amarga. Sabía que, no importa cuánto tiempo pasara, la desaprobación de Victoria nunca cambiaría. 1
-No se preocupe, señora. No sucederá nada de lo que teme entre Fernando y yo.
-¿De verdad? -Los ojos de Victoria la atravesaron como agujas, llenos de desconfianza-. Sabes muy bien en qué situación estás. Tienes un hermano con autismo, ¡y eso se hereda! Como consejo, y sin querer ser entrometida, ¡no vayas a arruinar la vida de mi hijo!
Allí, en medio de la calle, rodeada de gente, Luciana se sintió expuesta, como si Victoria la hubiera desnudado en un pilar de la vergüenza. 2
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