Capítulo 197
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Atrapada en su abrazo, Luciana mantuvo el cuerpo rígido, los brazos a los costados, sin corresponderle. Con una ligera sonrisa, murmuró:
-Está bien, acepto tu disculpa.
Aunque sentía una punzada de nostalgia, Alejandro la soltó, terminando el abrazo.
Luciana… —dijo, aún con algo más que decir—. Sobre la manutención… la casa donde vivíamos pasará a tu nombre, y además tendrás efectivo y algunas propiedades…
Luciana no pudo evitar una carcajada.
Alejandro frunció el ceño, mirándola con confusión.
-Perdón -dijo ella, controlando la risa y apretando los labios-. Simplemente no me esperaba una manutención. En realidad, no hace falta que me des nada. Al fin y al cabo, nuestro matrimonio fue…
Ella quiso decir que fue solo un acuerdo, una transacción. En realidad, sentía que era ella quien le debía a él, pero Alejandro no la dejó terminar.
-Luciana -dijo con firmeza, cerrando los ojos un segundo-. No quiero oír eso. Te corresponde, así que acéptalo.
Por un momento, su tono sono casi molesto. No estaba dispuesto a regatearle nada a su exesposa, y mucho menos cuando era él quien le había fallado.
La seriedad de Alejandro hizo que Luciana perdiera interés en discutir.
-Está bien, como quieras.
Si lo aceptaba o no, era algo que decidiría luego. De pronto, algo le vino a la mente, y apartó las sábanas para bajarse de la cama.
—¿Qué haces? -preguntó Alejandro, acercándose rápidamente para sostenerla.
-Estoy bien, no hace falta que me ayudes.
Luciana soltó su brazo suavemente, retrocediendo un paso.
-Esta es tu habitación. No es apropiado que me quede aquí.
Después de todo, ya habían decidido separarse. Seguir compartiendo un cuarto no tenía sentido.
Alejandro apretó los labios, y luego murmuró:
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-Entonces quédate tú, y yo me iré.
-¿De qué estás hablando? -Luciana esbozó una sonrisa y negó con la cabeza—. Tú necesitas más reposo que yo. Además, esta es la sala de cirugía; no alteremos las normas del hospital.
-Es solo que… estoy preocupado por tu salud -admitió él, inquieto.
-No te preocupes. -Luciana inclinó ligeramente la cabeza, tranquilizándolo—. Me pasaré por la clínica para hacer un chequeo. No quiero correr riesgos otra vez.
Alejandro asintió, entendiendo que no tenía derecho a insistir más. No había forma de retenerla; ya no le correspondía.
¿A dónde piensas ir? -preguntó, y sin esperar respuesta añadió. Pediré que te lleven a la villa Trébol. Puedes vivir allí. También haré que lleven tus cosas.
-Perfecto contestó Luciana, asintiendo.
-Pero no hace falta que me lleven -agregó. Tengo la dirección, puedo ir sola.
Con un gesto rápido, Luciana se apartó el cabello de la cara, recogiendo su melena en una coleta. Luego, se dirigió al vestidor.
Tenía que cambiarse aquella bata de hospital.
Alejandro intentó ayudarla, extendiendo una mano, pero ella ya se había adelantado. Se metió en el vestidor a paso rápido, cerrando la puerta detrás de ella, dejándolo solo y con la mano en
el aire.
En la puerta, Alejandro se mantenía de pie, con una expresión tensa. Cada segundo que pasaba se le hacía eterno.
No tardó mucho en aparecer Luciana, cargando su pequeño bolso, ese con el que había venido a cuidarlo. Era una bolsa pequeña, tan sola y desolada como ella en ese momento.
Alejandro le echó un vistazo, y un nudo se le formó en la garganta.
–
-¿Así… te vas?
—Sí. —Luciana asintió, como si no hubiera otra opción.
Levantó la mano en un gesto de despedida.
-Me voy, Adiós.
Ella comenzó a caminar, pero tras dar dos pasos, Alejandro sintió un impulso. Se arrepintió.
-¡Luciana, déjame llevarte!
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-No hace falta. La respuesta de Luciana fue firme, acompañada de una sonrisa suave―. Ya basta de idas y venidas. Hasta aquí llegamos..
Alejandro sintió una punzada en el pecho, algo extraño e inquietante. La miró con intensidad, como buscando una última conexión.
-Después de divorciarnos… ¿podemos al menos seguir siendo amigos?
Luciana parpadeó y, tras una breve pausa, sonrió levemente.