Capítulo 365
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En su mente no dejaba de repetirse la imagen de Luciana. Recordó sus palabras, cuando le dijo que sus problemas nunca tendrían solución porque los padres de Fernando jamás los
aprobarían. Entonces, él no quiso creerlo.
-Ja… —soltó una risa irónica-. Luciana tenía razón.
Ahora sus padres, con una sola mentira, habían echado todo a perder. Mañana era el día de la boda de Luciana, obligada a casarse con Alejandro por culpa de su engaño.
Fernando aspiró con fuerza, con la garganta en un nudo que le calaba el corazón:
—Destruyeron mi relación con ella. Y, encima, han acabado con la última pizca de confianza que me quedaba en ustedes.
Las manos le temblaban de coraje y de pena:
-Esta noche saldré por esa puerta… y no volveré jamás.
-¡Fernando…! -exclamó Victoria, saltando de la cama mientras Diego trataba de sostenerla.
Pero Fernando ya había dado media vuelta, corriendo escaleras abajo y saliendo de la casa a toda prisa. Sus padres quisieron perseguirlo, pero él era joven, con pasos largos y veloces, y pronto se perdió en la noche.
-¡Ay…! Victoria se derrumbó en los brazos de Diego, rompiendo en llanto. ¿Y ahora qué hacemos…?
Diego solo pudo abrazarla, tan abatido como ella.
***
2
Fernando conducía a toda prisa hacia el muelle. En esos momentos, solo tenía una idea fija en la cabeza: llegar a Isla Minia, ver a Luciana. Necesitaba impedir que se casara con Alejandro.
Llevaba la ventana abajo, y a pesar de estar ya en plena mitad del otoño, el viento nocturno se colaba con un filo gélido que calaba hasta los huesos. El camino, casi desierto a esa hora, le permitió llegar pronto al muelle. Pero, para su mala suerte, ya no salía ningún barco a esa hora.
<<¿Ahora qué hago?», se preguntó con desasosiego. No tenía yate propio ni nada parecido. Sacó el teléfono y llamó a Elisa.
-Elisa, soy yo. ¿Tú tienes un yate?
-¿Qué no me conoces? Jamás he tenido uno -replicó ella, con un ligero tono de ironía. No todos los adinerados gastaban en un lujoso barco; resultaba costoso y, en la mayoría de los
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casos, inútil.
-Elisa, por favor. ¿Puedes conseguírmelo? Necesito llegar a Isla Minia cuanto antes.
La voz de Fernando sonaba ansiosa, casi suplicante.
-Ya veo… Está bien, lo intentaré. Aunque es tarde, y además requieres a alguien que lo
conduzca.
-Sí, lo sé. Te lo agradeceré muchísimo. Mientras antes, mejor.
-No hay problema -aceptó Elisa.
Colgó y Fernando se quedó en el auto, rebotando la pierna con impaciencia. Varias veces pensó en llamarle a Luciana, pero temió molestarla. ¿Y si la despertaba en plena madrugada? Prefirió esperar á resolver primero el tema del yate.
Las gestiones llevaron tiempo. Dos horas después, Elisa volvió a marcar:
-Listo, conseguí el yate. El capitán ya va en camino al muelle. Espéralo allí.
-Gracias–respondió él, con un suspiro de alivio.
Para cuando finalmente zarparon y alcanzaron Isla Minia, el cielo comenzaba a aclarar. Era el amanecer del gran día. En ese momento, Luciana ya estaba despierta. Como buena novia en su boda, debía levantarse muy temprano para el maquillaje y los preparativos. El teléfono sonó mientras Martina revisaba todo:
-Luciana, es Fernando… ¿Contestas?
Ella dudó un instante.
-Pásamelo dijo al fin.
-¿Luciana? -Fernando hablaba desde la entrada del hotel; sin invitación, los guardias no le daban paso. Su voz sonaba áspera de cansancio y desesperación-. ¿Puedo verte un momento? Hay algo muy importante que necesito decirte.
Luciana sintió un nudo en la garganta.
-Fernando, creo que no vale la pena. Ya no debemos vernos. Y, por favor, ya no me llames.
El corazón de Fernando se contrajo dolorosamente:
-Luciana…
Ella continuó:
-Recibí la pulsera que me enviaste. Es muy linda, y me encantó. Pero hoy es mi boda, Fer. Me
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caso en unas horas.
Fernando cerró los ojos; percibió cómo las lágrimas se asomaban.
-Fer, te quise mucho, pero eso fue hace años. Quizá, cuando hayas superado por completo estos sentimientos, podamos volver a tratarnos como compañeros, como simples amigos. Supongo que ese día será el momento adecuado para vernos de nuevo. 5
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