Capítulo 572
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-Calma. Aún no llegamos a ese extremo. Estoy contigo y buscaremos otras soluciones.
-Gracias, Profe–respondió Luciana con un hilo de voz, sabiendo que, sin evidencias nuevas, la influencia de Delio no bastaría para protegerla.
Y en efecto, al día siguiente, recibió la notificación de su suspensión temporal.
-Luciana… le dijo Delio, casi impotente-. Todavía no es el fin. Podemos pensar en otras
salidas.
–Lo sé, Profe —contestó ella, esforzándose por sonreír.
Pero ¿qué más podían hacer? Luciana intentaba mantenerse entera.
-Profe, gracias por el apoyo -susurró, conmovida.
-No agradezcas… -Delio negó con la mano, frunciendo el ceño. Al cabo, no pudo contener su pregunta-. Oye, ¿tu esposo sabe de esto?
-¿Eh? -Luciana parpadeó, confusa—. No. ¿Por qué habría de contárselo?
Delio estaba al tanto de los roces entre Luciana y el señor Guzmán, a raíz de los problemas con Clara. Aun así, dadas las circunstancias, pensó que tal vez él podía ayudar:
-Es que esto me parece muy extraño. Luisa no sale ganando nada con acusarte; de la misma forma en que tú no puedes probar del todo tu autoría, ella tampoco puede demostrar que el trabajo es suyo. Entonces, ¿por qué tomarse tantas molestias para desprestigiarte? ¿La odiaste en algún momento, o algo así? 1
-No… -murmuró Luciana, frunciendo el entrecejo-. No éramos amigas íntimas, pero tampoco nos llevábamos mal. Éramos solo compañeras de cuarto. ¿De dónde saldría un resentimiento tan grande como para destruir mi futuro?
Ella no lo comprendía. “¿Por qué Luisa me haría esto?“, se preguntó, sin hallar respuesta.
–Entonces solo queda preguntárselo directamente a ella -sugirió Delio-. Es la única forma de aclarar sus intenciones.
Luciana entendió la indirecta:
-Lo haré, Profe. No me rindo. Encontraré a Luisa y desenmascararé esta farsa.
-Perfecto. Cualquier cosa en que pueda ayudarte, no dudes en llamarme.
-Gracias, Profe.
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Capítulo 572
Como la habían suspendido temporalmente, Luciana no tenía tiempo que perder. Se reunió con Martina y varios compañeros para tratar de localizar a Luisa. Sin embargo, fue imposible dar con ella: no todos los alumnos de la UCM hacían prácticas en el hospital universitario, y Luisa, desde que empezó su pasantía en un hospital de segundo nivel de la ciudad, casi no mantenía contacto con la generación. Al marcar su número, descubrieron que ya lo había cambiado.
-¿Y su dirección familiar? -propuso Martina-. Tendrá que volver a casa tarde o temprano.
Pero al revisar la dirección del registro escolar, vieron que era un lugar de hace años, una zona medio demolida donde ya nadie vivía. Fue un esfuerzo inútil.
-¡Qué complicado! -bufó Martina-. Esto huele a gato encerrado. Parece obvio que lo hace para hundirte.
-Pero ¿por qué? -Luciana apretó los puños, frustrada-. No tenía ninguna razón para odiarme así.
Cada día que pasaba sin encontrar a Luisa, ella veía más cerca la inminencia de su sanción. Aquella noche, Martina se quedó a dormir en el departamento de la Calle del Nopal. Al amanecer, Luciana, inquieta y con la cabeza llena de preocupaciones, se despertó muy temprano y salió a comprar algo de desayuno en el mercado cercano.
Tomó la calle de siempre, hasta que de pronto escuchó:
-¡Oye, cuidado!
-Te hablo a ti, jovencita… ¡digo, embarazada!
Luciana, sumida en sus pensamientos, no reaccionó a tiempo. Sintió cómo un brazo se posaba sobre su hombro, jalándola bruscamente a un costado. Levantó la vista, encontrándose con la misma cara que tantas veces había habitado sus recuerdos: Alejandro, con el ceño fruncido,
aire iracundo.
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