Capítulo 573
-¿Eh…?–balbuceó, sin comprender qué le pasaba. ¿Qué había hecho para provocarle esa
mirada?
-¡Ay, por Dios! -se quejó un vendedor ambulante de frutas. ¡Traes una panza enorme y ni ves por dónde andas! Te llamé, y ni caso hiciste.
Era evidente: Luciana había caminado distraída, sin notar el peligro.
-Lo siento -se disculpó Luciana, apenada-. De verdad, no lo oí.
-No pasa nada -respondió el vendedor-, pero ponga más atención.
Entonces, Luciana se fijó en el gesto de Alejandro y comprendió por qué estaba tan alterado. Pero, ¿podía soltarla ya?
-Gracias, estoy bien —dijo Luciana.
Alejandro la examinó con una mezcla de risa irónica y enojo:
-¿En serio no te importa tu propia seguridad? ¿Caminas sin mirar? ¿En qué estás pensando?
-No pensaba en nada -murmuró ella, bajando la cabeza y acomodándose un mechón de cabello-. Solo me distraje un momento… ¿Tú tan temprano aquí? ¿Vas a ver al abuelo?
Cambió de tema de manera evidente.
-Sí–replicó Alejandro con un nudo en la garganta-. Voy a desayunar con él.
-Entonces no lo hagas esperar —dijo Luciana, esbozando una sonrisa leve y despidiéndose con la mano-. Hasta luego.
Alejandro se quedó un instante más, como si quisiera proponer que fueran juntos. El abuelo había preguntado muchas veces por qué no iban juntos a visitarlo. Pero sentía que no podía decírselo tras haberla ignorado tanto tiempo.
-…Sí, claro terminó diciendo, un poco indeciso-. Me voy.
-Adiós–contestó Luciana.
Cuando él dio unos pasos en dirección contraria, Luciana suspiró y continuó su camino hacia el mercado. Entró a la panadería que frecuentaba, compró unas piezas de pan y, al salir, el dependiente le gritó:
-¡Oye, señorita, su teléfono!
Confundida, Luciana se llevó la mano al bolsillo y notó que, en efecto, se había quedado sin el
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Capitulo 573
móvil. Regresó corriendo, agradeciendo varias veces:
-Gracias de verdad. No sé en qué pensaba….
-No pasa nada. Cualquiera puede olvidarse algo–respondió el panadero con simpatía.
Al voltear, Luciana quedó estupefacta: la persona de la que se había despedido hacía un minuto aparecía nuevamente frente a ella.
-¿Tú… no ibas con el abuelo? -preguntó, sin comprender.
-Ajá–contestó Alejandro, con el ceño fruncido-. Me llamó y dijo que quería comer un mousse de arándanos, así que vine por él.
Luciana asintió con naturalidad:
-Ah, cierto. A él le gusta mucho de esta panadería. Yo misma le he comprado varias veces. Bueno… adelante. Yo ya me voy.
Y sin darle tiempo a reaccionar, se marchó. Alejandro se quedó un momento pensativo: “No es propio de Luciana ser tan descuidada, y ya lleva dos despistes en poco tiempo“. Algo no cuadraba. ¿Debería abordarla para saber si le pasaba algo?
Pero ella no dio señales de querer contarle nada. Alejandro, frustrado, pensó en Rosa. Sacó su teléfono y la llamó. Ella atendió casi de inmediato:
-¿Señor Guzmán? -dijo Rosa, sorprendida de que él se comunicara a esa hora-. ¿Ocurrió algo?
-No se trata de mí -repuso él, directo—. Es Luciana. ¿Le sucede algo?
-Esto… Rosa quedó en silencio un instante, desconcertada-. ¿No se lo ha contado?
-¿Contarme qué? -replicó Alejandro, con un nudo repentino en el pecho. “¿Acaso sí tiene algún problema?“, pensó-. Habla sin vueltas.
-Bueno–Rosa se armó de valor para explicarle-. Luciana fue suspendida en el hospital.
-¿Suspendida? -repitió él, atónito-. ¿Por qué razón?
Su primer pensamiento fue que alguien se hubiera enterado de su ruptura, pero descartó esa posibilidad. z
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