Capítulo 330
Carolina también vio a Dafne y, con sorpresa en sus ojos, exclamó:
-¿Tú no eres la Srta. Rosales? ¡Qué coincidencia!
Dafne sonrió y le respondió:
-Estaba paseando por el parque cuando escuché el llanto de una niña, así que me acerqué a
ver qué pasaba. ¡Qué casualidad, resulta que la mamá de Natalia eres tú!
-¿Fuiste tú quien trajo a Natalia? -Carolina le lanzó una mirada agradecida-. Muchas gracias, de verdad.
Dafne sonrió y le dijo:
-No hay de qué.
-Natalia, dale las gracias a Dafne -le dijo Carolina sonriendo a su hija.
Natalia, con sus grandes ojos claros y brillantes, miró a Dafne y le dijo con voz clara:
-Gracias, Dafne.
-Eres muy dulce -Dafne se agachó para acariciar la cabeza de Natalia, sonriendo con calidez. Carolina, tomando la mano de su hija, le insistió:
-Srta. Rosales, estoy muy agradecida contigo, ¿por qué no te invito a cenar esta noche?
-No hace falta -le respondió Dafne con una leve sonrisa.
-¿Qué pasa, Srta. Rosales? ¿Estás ocupada esta noche? -Carolina insistió con entusiasmo-. Si no, mañana también está bien. ¿Cuándo te viene bien?
Dafne le hizo un gesto con la mano en señal de rechazo:
-De verdad, no es necesario.
Carolina seguía insistiendo, y ante su insistencia, Dafne finalmente accedió con un poco de vergüenza:
-Bueno… está bien, esta noche estoy un poco ocupada, ¿qué tal el próximo sábado por la noche?
-Perfecto -le dijo Carolina con una sonrisa-. Entonces, así quedamos.
En Aquilinia.
Fátima caminaba por la calle sintiendo que alguien la seguía.
Miraba hacia atrás varias veces, y aunque no podía ver nada extraño, sospechaba de todos los
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que veia.
Su corazón latia rápido y sus palmas sudaban.
Tres días antes, se había reunido con Bruno en una villa en las afueras. Poco después de que Bruno se fuera, uno de los guardaespaldas había encontrado un micrófono escondido bajo las hojas de una planta en la sala.
Cuando se dio cuenta de que su identidad había sido descubierta, Fátima contactó de inmediato a Tristán y escapó esa misma noche a Aquilinia.
Después de salir del país, rompió relaciones con la familia Junco. Ahora estaba en contra de ellos y ya no podía protegerse con ellos. Los guardaespaldas que le habían asignado tampoco podian acompañarla.
Por suerte, había un guardaespaldas algo ingenuo que estaba interesado en ella. Ella ya había notado su interés, así que el día de su escape lo llevó consigo.
-Tomás, creo que alguien nos está siguiendo le susurró Fátima a su guardaespaldas.
-Señorita, no tenga miedo. Pase lo que pase, la protegeré con mi vida.
Tomás era un hombre alto y fuerte, medía un metro ochenta y cinco y tenía un cuerpo
musculoso.
Antes de salir del país, Fátima se sentía muy segura con él, pero ahora era diferente. Había huido a Aquilinia. Agustín estaba buscándola, y Tristán estaba tan ocupado que no podía ayudarla.
-Tomás, si la familia Junco envió a alguien a capturarme, quizás no puedas protegerme -le dijo Fátima mientras se subía al coche, sintiéndose inquieta.
Le pidió al guardaespaldas en el asiento delantero:
-Arranca el auto y regresemos a la villa. No deberíamos salir por un tiempo, quizás la familia Junco ya haya rastreado mi paradero.
El coche apenas había arrancado cuando una camioneta negra lo chocó y lo detuvo.
Tomás sacó un arma:
-¡Señorita, agáchese!
Apenas terminó de hablar cuando se escucharon disparos.
Fátima se encogió dentro del coche, temblando de miedo.
¿Acaso iba a morir?
El estruendo de las balas no se detenía.
El coche estaba perforado por varios impactos de bala y el olor a sangre comenzó a llenar el aire.
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-¡Tomás, estás herido! -exclamó con terror.
–Señorita, son demasiados. Hoy quizá no podamos salir de aquí -le dijo Tomás con esfuerzo, mientras se cubría la herida en el brazo.