Capítulo 332
Fátima tanteó a su alrededor y, a la luz de la luna que entraba por la ventana, pudo ver que era
una manta.
Estaba cubierta por una gruesa capa de suciedad, tan negra que era imposible distinguir su color original, y desprendía un hedor nauseabundo, como si no se hubiera lavado en años.
-¡Ugh! -Fátima hizo una mueca de asco y casi vomitó.
Durante el día, el mareo por el barco ya la había hecho vomitar varias veces.
Sin haber comido nada, su estómago estaba vacío, y aunque quisiera, no podía vomitar nada
más.
El asco la invadía, así que empujó la manta lejos de ella con desprecio.
En la familia Junco, Fátima había disfrutado de una vida de lujo, nunca había pasado por penurias así.
Incluso cuando su madre estaba viva y trabajaba como criada, ella no había sufrido de esta
manera.
Fátima abrazó sus rodillas y comenzó a llorar en silencio.
Sus sollozos eran ahogados por el sonido de las olas.
El frío del invierno era intenso, y estando en el mar, las noches eran aún más heladas.
Temblaba incontrolablemente, sus labios estaban morados, y sentía que la sangre en su cuerpo se congelaba.
Finalmente, recogió la manta sucia y maloliente.
Por necesidad, Fátima se envolvió en ella para no morir de frío.
Después de un trayecto turbulento, finalmente llegó a Solarenia.
Tras varios días en el mar, comiendo mal y durmiendo peor, había adelgazado mucho y no se había bañado en días, lo que le hacía desprender un mal olor.
Incluso la persona que vino a bajarla del barco no pudo evitar sentirse asqueada.
-¡Maldita sea! ¡Apestas a muerto!
-¡Ugh! -exclamó mientras la levantaba, arrancándole la cinta adhesiva de la boca y desatando las cuerdas que la ataban, antes de arrojarla al mar.
-Lávate un poco, porque hueles horrible.
El barco estaba atracado en el puerto, y aunque no había tiburones en esas aguas, Fátima no sabía nadar, lo que la ponía en peligro.
Claramente, quien la arrojó al agua no sabía eso.
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Capítulo 332
Fátima daba manotazos en el agua, pidiendo ayuda.
Al principio, el hombre pensó que estaba fingiendo y se quedó en la orilla riendo, -Sí, así es, mueve un poco más los brazos y báñate bien, no queremos que mates a nuestro jefe con tu
peste.
El jefe al que se refería era Samuel, un subordinado de Agustín.
El puerto donde estaba el barco se encontraba en Valverde, una ciudad al norte de Aguamar, donde la temperatura en el inicio de la primavera rondaba los cero grados.
El agua del mar era helada, y Fátima temblaba con los labios morados, mientras sus manos y pies comenzaban a sufrir espasmos.
Había tragado mucha agua y su respiración se hacía cada vez más difícil. Después de un rato, sus fuerzas empezaron a flaquear.
Al ver que los gritos de Fátima se debilitaban y que empezaba a hundirse, el guardia se alarmó. -¡Maldita sea! ¿No sabes nadar? ¿Tengo que meterme a sacarte?
En un día tan frío, el hombre no tenía intención de saltar al agua.
Miró a su alrededor y vio un salvavidas naranja colgando cerca.
Tomó el salvavidas y lo lanzó al mar. -¡Agarra el flotador y sal tú misma, yo no pienso meterme en esta agua helada!
Fátima estiró la mano hacia el salvavidas, pero no tenía fuerzas para nadar hasta él.
Al ver que no lo alcanzaba y que se hundía, el hombre la maldijo en voz baja y se lanzó al agua. Logró sacarla, pero Fátima había tragado mucha agua y estaba inconsciente por el frío.
-¿No estarás muerta ya? -murmuró el hombre.
Uno de los hombres que estaba con él frunció el ceño. -¿En serio, hermano? ¿Te pidieron que la llevaras a bañarse y la tiraste al mar así?
El hombre, tiritando, le respondió -No tienes idea de lo mal que olía. No pude soportarlo y la lancé al agua, no es mi culpa que esta asquerosa no sepa nadar. Qué mala suerte, tuve que meterme a sacarla, qué frío. Llévatela, consigue un médico para que la revise, no vaya a ser que se muera. Yo me voy a cambiar de ropa.
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