Capítulo 337
Agustín dijo algo inesperado, y el rostro de la anciana se puso blanco de repente. Con los ojos muy abiertos, exclamó:
-¿Qué?
Carlos y Elsa estaban visiblemente asustados, temiendo que la anciana tuviera otro ataque al
corazón.
Carlos intervino para detener a Agustín antes de que continuara;
-Agustín, ya basta. ¡Que venga alguien, lleven a mi mamá a su cuarto!
Elsa había escuchado rumores de que Fátima había hecho cosas malas a sus espaldas y que tenía una relación turbia con Tristán. Sin embargo, era la primera vez que escuchaba esas cosas sobre ella, dejándola momentáneamente sin habla.
Elsa estaba visiblemente impactada.
¿Qué significaba todo eso? ¿Acaso Fátima quería conquistar a Agustín?
Paula, sostenida por una criada, insistió:
-Señora, la llevaré a descansar.
-¡Déjame! ¡Estoy bien! Agustín, explícame qué significa eso de que Fátima está enamorada de ti y ha cometido asesinatos.
Elsa también miró incrédula a Fátima, con tono de voz severo:
-¿Qué está pasando aquí?
El rostro de Fátima estaba pálido, sus labios estaban blancos como el papel, y temblaba
incontrolablemente.
-Yo… yo…
Agustín, con el rostro serio y la mirada fría, le respondió con indiferencia:
-Es lo que oíste.
Dafne no podía creer que Agustín revelara los sentimientos de Fátima frente a toda la familia.
Paula no podía soportar la conmoción. Con la mano en el pecho, miró a Fátima con decepción:
-¿De verdad tienes esos sentimientos hacia tu hermano? ¿En verdad estás involucrada en asesinatos? Tú… tú…
Fátima quería negarlo, pero no podía.
No se atrevía a decir que no amaba a Agustín, ni tampoco podía negar su participación en los asesinatos.
1/3
15.20
Capitulo 337
Viendo que Fátima no decía nada, Elsa se quedó sin palabras de la ira, mirándola con rabia.
Carlos suspiró profundamente:
-Agustín, ya basta. Tu abuela no está bien de salud, no la alteres más.
-Pidele disculpas a Dafne -Agustín ya mostraba signos de impaciencia, y su mirada se volvió aún más fría.
-¡No! ¡No lo haré! ¿Por qué debería disculparme con Dafne? ¡No he hecho nada malo! -le gritó Fátima con la voz ronca y lágrimas en el rostro, negándose a disculparse.
Con lágrimas corriendo por su cara, gritó con desesperación, como si fuera una loca:
-¿Por qué? ¿Por qué no puedo amarte? ¡Crecimos juntos y no somos hermanos de sangre! ¿Por qué no puedes casarte conmigo? ¿Por qué no puedo llevarte a la cama?
-¡Pum!– De repente, el sonido claro y fuerte de una bofetada llenó el aire.
Elsa se levantó y abofeteó a Fátima, reprendiéndola:
-¡Cierra tu asquerosa boca!
Fátima, con la cara vuelta hacia un lado, tenía la marca de la bofetada claramente visible.
-¡No repitas esas cochinadas! -Elsa la miró con el rostro pálido de ira-. ¡Agustín es tu hermano! ¡Solo puede ser tu hermano! ¡Aunque antes fueras nuestra hija adoptiva, incluso si te vas de la familia, entre tú y Agustín nunca habrá nada!
Fátima soltó una risa amarga.
-¿Crees que me importa que me adoptaran? -Levantó la cabeza y miró fijamente a Elsa-. Si no hubiera sido por ti, no me habría convertido en su hermana. ¿Acaso me preguntaron si quería ser adoptada por ustedes? ¡Yo nunca quise esto, yo solo quería a Agustín!
-Esto es una locura… -Paula, afectada, jadeaba por aire, sosteniéndose el pecho.
-¡Rápido! ¡Tráiganle las pastillas para el corazón! -Carlos gritó alarmado.
Un sirviente corrió apresuradamente a buscar las pastillas.
Agustín le lanzó una mirada a Samuel.
Samuel entendió y le dio una patada en la espalda a Fátima.
Inesperadamente, Fátima cayó de rodillas al suelo.
Samuel, con firmeza, pisó la espalda de Fátima, obligándola a agacharse. Con el rostro pálido pegado al suelo, ella estaba en una posición humillante y desdichada.
Agustín se sentó en el sofá, emanando una atmósfera de frialdad y dureza -No es necesario que te disculpes con Dafne, pero al menos arrodillate ante ella.
Samuel entendió de inmediato, agarró el cabello de Fátima y levantó su cabeza del suelo, para luego empujarla con fuerza hacia abajo.
2/3
15.20
-¡Bang, bang, bang!
Fátima se dio varios golpes contra el suelo.
Paula, observando todo, casi se quedó sin aliento y estuvo a punto de sufrir un infarto.
Por suerte, un sirviente pronto trajo unas pastillas para el corazón.
La anciana tomó las pastillas y poco a poco recuperó el aliento.
-Ya estoy bien. Yo aún quiero vivir unos años más, así que lidien ustedes mismos con este desastre -dijo Paula, dándose unos golpecitos en el pecho, y se fue con el sirviente.
15.20