Capítulo 6
Por la noche, Sofía estaba acostada en su cama. Y tomo un celular de debajo de la cama.
Fue entonces cuando me di cuenta de que ese era mi celular No sé en qué momento lo había agarrado.
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Abrió la conversación fijada en la parte superior de la aplicación que usaba para chatear y rápidamente escribió un mensaje que envió de inmediato.
Casi al instante, desde la habitación de papá, se escucharon gritos de rabia.
¡Ya sabía yo que esa mocosa estaba fingiendo! ¡Y encima se atreve a amenazarme! ¡Esa malnacida no es mi hija! ¡ Mejor que se muera de verdad y no me joda más la vida!
Me acerqué para ver qué había enviado Sofía para provocarlo tanto.
-¡Si me cancelas la tarjeta, te juro que me mato!
Me mordí la lengua, decepcionada:
-¿Solo eso? Qué mensaje tan poco efectivo y falto de todo.
A estas alturas, mi relación con este padre biológico era solo odio, nada más.
Si Sofía podía insultarlo por mí, incluso tendría que darle las gracias.
Ahora que ya estoy muerta, él no tiene forma de volver a amenazarme.
En WhatsApp, había varios mensajes de amigos preguntando por mí. Sofía los leyó uno por uno, pero no respondió a ninguno.
Luego, tomó su celular y buscó:
-¿Es peligroso para una mujer de 48 años tener un hijo?
Lo sabía. Tenía bastante miedo.
Tenía miedo de que el hijo que Valeria llevaba en el vientre le quitara su parte de la herencia.
-Tu mamá ya no te quiere. Eres una extraña en esta casa. Nadie te quiere ni te respeta.
-Cuando nazca tu hermano, todo lo que tienes te será arrebatado, así como tú me quitaste mis karma y lo debes que aprender a las malas.
Le dije con sarcasmo. Las cosas que no te pertenecen, al final, siempre regresan a su dueño.
Quizás mis palabras funcionaron, porque esa misma noche Sofía tuvo una pesadilla.
Despertó empapada en sudor. Su mirada estaba perdida, pero pronto se llenó de determinación.
No sabía qué había soñado, pero sin duda no fue algo bueno
Al día siguiente, antes de que se fueran de viaje, alguien vino a buscarme.
Osas. Esto es el
Era mi amiga. Solíamos hablar todos los días, pero esta vez, habían pasado ocho días sin que yo respondiera.
Sospechando que algo estaba mal, decidió venir a mi casa.
-Señor, ¿sabe dónde está Camila? Llevo días sin saber de ella y no responde a mis mensajes.
Miré su cara de preocupación, me acerqué a ella y le acaricie la cabeza.
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Capitulo 6
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-Deja de preocuparte por mi. Ya puedes irte.
Esa desobediente está perfectamente bien. No te preocupes por ella. ¡Anoche incluso se atrevió a mandarmë mensajes insultándome! Le cancelé la tario
Cuando se le cabe el dinero, volverá sola.
–Eso no puede ser. Camila nunca dejaría de responderme, ni siquiera si estuviera molesta con su familia. Algo le ha pasado. Iré a denunciarlo a la policía.
En ese momento, Sofía intervino:
—Camila solo está enojada con nosotros. No hace falta llamar a la policía. Si se enteran, no sabemos qué dirá la gente metiche que le gusta armar chismes y videos donde no los hay.
Sus palabras estaban dirigidas a papá, él estaba de su lado:
-¿Con qué derecho vas a llamar a la policía? Soy su familiar más cercano. No te metas en lo que no te importa. Si algo le paso a esa mocosa, la policía me llamará a mí para que recoja el cuerpo.
Mi amiga, que conocía bien la situación de mi familia, respondió con valentía:
-Señor, Camila sigue siendo su hija. ¿Cómo puede tratarla así? Si María estuviera aquí, ¿no se enojaría? ¿No vendría por la noche a buscarlo, sabiendo que la hija que más amaba fue tratada así?
Ella no le tenía miedo a mi padre, y sus palabras eran agudas y directas.
-Bah, los muertos ya no importan, los que importan son los vivos. Nunca he creído en esas cosas. Aun si hay consecuencias, no le tengo miedo a nada -respondió papá, molesto.
El desprecio en su rostro no ocultaba su incomodidad. Llamo al mayordomo para despedir a mi amiga:
-¡Mayordomo! ¡Mayordomo!
Llamó varias veces antes de recordar que el mayordomo ya se había ido. No quedaba ningún empleado en la casa.
Mi amiga tampoco quería quedarse más tiempo. Dio media vuelta y se fue, pero no sin antes lanzar un último golpe:
Desde que María se fue, esta casa está cada vez está peor. Ni siquiera pueden contratar empleados, y la casa huele mal. Supongo que es el olor de la pobreza.
Mi padre, que había conocido la pobreza, no quería ser asociado con ella. Su cara cambió de inmediato.
Sin embargo, ese olor no era de pobreza, sino el hedor de mi cadáver en descomposición. Durante todos los
pasados días, han estado viviendo aquí, durmiendo al lado de mi cuerpo en putrefacción. Ya se han acostumbrado tanto a este olor que ya ni siquiera les da asco.