Capítulo 11
Sofía, que hasta hacía un momento sollozaba, de repente dejó de llorar.
Levantó la cabeza con la mirada perdida y lo observó fijamente.
-¿No me amas?
¡¿Con qué derecho vienes a decir semejante cosa?!
De pronto, se puso como loca y le gritó de la rabiaque tenía.
Había entregado los mejores años de su juventud.
Le había dado lo más sagrado que una mujer podia ofrecer.
¡Incluso había quedado embarazada de él!
¿Y él se atrevía a decir que no la amaba?
Raúl la miró, viendo en sus ojos la misma locura que aquella mujer que, en la casa de al lado, había gritado con desesperación a su esposo, al infiel.
Se inclinó y le sujetó la barbilla con fuerza, apretandola tanto que casi se la dislocó.
-¿Y tú qué eres para que yo te ame?
-Si Margarita pudiera tener hijos, ¿de verdad crees que seguiriamos juntos hasta hoy?
-La mañana después de que te metiste en mi cama, ya deberías haber desaparecido sin dejar
rastro.
En aquella fiesta, sus socios lo incitaron a beber unas copas de más.
Pero a Margarita nunca le había gustado el olor del alcohol.
Así que pensó en quedarse a descansar en la habitación de invitados y esperar a que el olor desapareciera antes de ir al dormitorio principal.
Sin embargo, cuando despertó de su borrachera, descubrió que a su lado había una Sofia como dios la trajo al mundo.
En ese momento sintió tanto ira como miedo.
Ira, porque nunca imaginó que la hermana de su amigo sería tan atrevida como para meterse
en su cama.
Miedo, porque temía que si Margarita se llegaba a enterar, se pondría triste, sufriría e incluso lo dejaría.
En ese instante, solo tuvo una idea: deshacerse de Sofia.
Captulo 11
Pero Soffa se arrodillé ante él y le suplicó con desesperación.
Yjusto en ese momento, sus padres llamaron para presionarlo con el tema de los hijos.
Pero Margarita no podía tener hijos.
Después de colgar la llamada, se quedó toda la noche sentado en la habitación, fumando.
Y, sin saber por qué, terminó pensando en Soffa.
Si Margarita no podía tener hijos, entonces que Sofía los tuviera por ella.
Mientras el niño naciera, él cedería algunos beneficios a los Díaz, y a cambio, ellos se encargarían de enviar a Sofía por fuera del país.
Criarían a ese niño como si fuera de él y de Margarita.
Eso pensó en su momento. Y así lo hizo.1
Todo se desarrolló tal como lo había planeado… hasta ahora, cuando todo se había derrumbado como si nada.
La forma en las palabras de Raúl hizo que Sofía perdiera por completo las fuerzas.
Con gesto triste, soltó sus propias manos y bajó la cabeza.
Siempre había creído que la razón por la que Raúl no la había echado aquella vez era porque había sentido algo por su cuerpo.
Aunque era hija de la familia Díaz, fue recibida en la casa bajo el estatus de hija ilegítima.
No fue hasta que llegó a la familia Díaz que descubrió que, aparte del hermano mayor, que era hijo legítimo, había más de una decena de hijos e hijas ilegítimos como ella.
Su padre pasaba los días ocupado acostándose con otras mujeres, mientras que su madre solo pensaba en cómo sacarle más dinero.
Por eso, entendió desde muy joven que en las familias poderosas el amor era algo que no
existía.
Sofía dejó de creer en el amor.
Pensó que, si podía retenerlo con su cuerpo, al menos eso seria suficiente.
Pero con el tiempo, él empezó a tratarla cada vez mejor. Incluso, en más de una ocasión, la eligió a ella por encima de Margarita.
Poco a poco, el corazón de Sofía también comenzó a ceder, y su deseo se volvió cada vez más insaciable.
No solo quería tener un hijo con él. También queria casarse con él, que le perteneciera por completo, de principio a fin.
Pero ahora, él la miltaba sin pledad y le decía que solo la había mantenido cerca porque Margarita no podía tener hijos.
Los ojos de Raúl se llenaron de un odio oscuro, pero su voz seguía siendo gélida y serena.
-Mañana en la mañana, irás a deshacerte de ese año.
Margarita ya se había ido. Así que el hijo de Sofía no servía para nada.
La desesperación golpeó a Sofía de golpe. Levantó la cabeza de inmediato y negó con fuerza.
-No… Y no, no quiero.
-¡Raúl, no puedes ser tan cruel! ¡También es tu hijo!
Comenzó a llorar sin control, suplicándole entre sollozos.
El bebé en su vientre era su única salvación. No podía perderlo.
Raúl ni siquiera la miró. Dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
Sofía, aterrorizada, se levantó de golpe para seguirlo.
Pero sus piernas, entumecidas de tanto estar arrodillada, le fallaron de repente. Y Sofía cayó al suelo como un saco de papas.
Sintió un líquido caliente escurriéndose entre sus muslos. El blanco inmaculado de las baldosas se tiñó de rojo.
Un dolor insoportable recorrió su cuerpo y comenzó a convulsionar.
Tendida en el suelo, luchó por moverse, por alcanzar a Raúl con sus manos ensangrentadas.
-¡Raúl, no te vayas!
-¡Te lo ruego, salva a nuestro hijo!
El dolor le nubló la vista. sus manos cayeron, inertes, al suelo, solo pudo respirar como loca.
Las lágrimas de la culpa rodaron por sus mejillas, si no hubiera sido tan ambiciosa… si no hubiera ido a provocar a Margarita…
¿No habría terminado así?
Raúl se quedó inmóvil, solo la observó, impasible mientras ella se desmayaba de dolor.
Entonces, abrió la puerta y llamó a la enfermera de guardia.
Llévenla al quirófano. Solo asegúrense de que no se muera.