Capítulo 9
En el hospital.
Raúl miró a Sofía, quien yacfa en la cama del hospital. Su cara tenía un leve reproche.
-Estás embarazada, ¿y aun así te la pasas de un lado a otro?
-¿Qué harás si algo le pasa al bebé?
La mujer en la cama actuó como si no lo hubiera escuchado. En lugar de responder, se abrazó a su cintura con coqueteria.
Está bien, yo me voy aportar bien…
-Hace tan solo un momento no te veía por ningún lado y pensé que me habías abandonado…
Al final de la frase, sus ojos comenzaron a enrojecerse de a poco. Sin embargo, Raúl no cayó en su juego.
Con frialdad, la apartó y le sujetó la barbilla con firmeza. Su voz sonó con un toque de
advertencia.
Te lo dije hace mucho: mientras no hables de más frente a ella, lo nuestro puede seguir.
-Además, ahora que llevas a mi hijo. Deja de pensar en tantas estupideces.
-Descansa y cuidate. Yo voy a salir un momento,
Soltó su barbilla y se dirigió hacia la puerta.
Sofía, con los celos reflejados en su mirada, lo detuvo en un instante y le suplicó con voz
melosa.
-¿Tienes que irte justo ahora? Nuestro hijo necesita a su padre cerca…
Mientras hablaba, sus delicados dedos recorrieron con cuidado su pecho hasta deslizarse más abajo. Sus ojos se tornaron grandes.
Raúl tragó saliva. Un instante después, la sujetó por la nuca y se inclinó
fiereza.
para
besarla con
Los suaves gemidos de ella y la respiración entrecortada de él pronto se entrelazaron en el aire, escapando tenuemente con su suave pero lujuriosa melodía por la rendija de la puerta.
Al escuchar los sonidos, una enfermera que pasaba por el pasillo se puso roja de inmediato y, sintiendo la incomodidad, se retiró en silencio.
Esa misma noche, Raúl se vistió con ropa limpia y salió del hospital.
A medida que se acercaba a villa Los Cielos, la culpa comenzó a invadirlo.
Por la tarde habla Tarnado a Margarita y le prom 16 que estaría con ella por la noche. Pero hasta ahora no había cumplido con su palabra.
Ni siquiera podía imaginar lo triste que debía de estar.
Además, ella le había dicho que le habla preparado una sorpresa en la mesa.
Frustrado, Raúl apretó el volante con fuerza. Entonces, su mirada cayó sobre el asiento del copiloto.
Allí estaba el regalo que había comprado para disculparse con Margarita: un elegante reloj muy
fino.
Recordó que, en algún momento, ella había mencionado con entusiasmo que quería uno parecido.
Aprovecharía esta ocasión para dárselo. No solo como compensación por su cumpleaños, sino también por forma en la que la había tratado en los últimos días.
Observó el regalo durante un largo rato, hasta que las puertas de villa Los Cielos se abrieron. Fue entonces cuando salió de sus pensamientos y aceleró hacia la entrada.
Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta del carro. Bajó apresurado con el regalo en la mano y entró a grandes saltos.
-¡Margarita!
¡PAF!
En el momento en que la luz iluminó la estancia, su cuerpo entero se paralizó.
La casa estaba toda vacía. Excepto por él, no había nadie más.
El silencio era tan absoluto que Raúl pudo escuchar con claridad el tic–tac del reloj de pared… y el acelerado latido de su propio corazón.
Permaneció en el umbral, aturdido, hasta que con esfuerzo logró mover sus rígidas piernas y se adentró en la sala.
Fue entonces cuando su mirada se posó en un llamativo sobre rojo sobre la mesa.
Recordó las palabras de Margarita y, con un mal presentimiento, se acercó con sigilo.
Cuando abrió el sobre y leyó las palabras en su interior, el regalo que sostenía en su mano cayó al suelo.
El frágil estuche se hizo añicos, y los fragmentos astillados arañaron la superficie del reloj dentro de él.
La vista de Raúl se nubló por un instante. Suspiro e intentó controlar el temblor en sus manos mientras tomaba los documentos sobre la mesa.
combe
Cuando sus dedos tocaron el sello en relieve de les papeles de divorcio, casi se desploma af suelo
El hombre que dominaba el mundo de los negocios con firmeza y frialdad, en ese momento no tuvo el valor ni siquiera de sujetar aquel papel.
Señor…
La voz del mayordomo lo sacó de su trance. Raúl reaccionó de inmediato y guardó los papeles en el bolsillo,
Cuando levantó la vista, vio a Carlos y a varlos pleados parados a un lado. Todos sostenían algo en las manos.
-Señor, cuando la señora salió hoy, nos dio muchos regalos a todos nosotros.
Dijo que quería compartir su felicidad con sus empleados.
-Intentamos devolvérselos porque eran demasiado costosos, pero insistió en que los aceptáramos.
Nos sentimos incómodos quedándonos con ellos, así que pensamos en entregárselos a usted para que decidiera qué hacer.
Raúl dejó de escuchar. Su atención estaba fija en los regalos que los empleados sostenían.
Todos y cada uno de ellos eran obsequios que él mismo había preparado con esmero y había escogido con mucho cuidado para Margarita.
Antes, ella los había atesorado con tanto cariño… ¿Por qué de repente ya no los quería?
¿Por qué los había regalado todos?
Sus dedos rozaron el papel de divorcio en su bolsillo. De pronto, el documento se sintió muy caliente para ser un simple papel.
Tan caliente que le quemaba la piel y hacía que sus manos temblaran sin control.
Pero cuando habló, su voz permaneció fría.
Tan fria
que
ni siquiera él mismo podía creerlo.
-Carlos, dijiste que la señora salió hoy…
¿Sabes a dónde se fue?
Tengo que encontrarla en este instante. Tengo que preguntarle en persona.
Si todo estaba tan bien entre nosotros, ¿por qué de repente decidió divorciarse?
¿Por qué, de repente, ya no me quiere?
Los empleados intercambiaron miradas nervios
Esto. No lo sabemos a clencia cierta.
Solo vimos que la señora se fue muy feliz… así que no preguntamos mucho.
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Capitulo 9
Los empleados intercambiaron miradas nerviosas.
Esto… No lo sabemos a ciencia cierta.
Solo vimos que la señora se fue muy feliz… así que no preguntamos mucho. 4
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